Pregunta
¿Cuál es la diferencia entre la justicia imputada y la justicia impartida?
Respuesta
La justicia imputada y la justicia impartida son conceptos teológicos que explican cómo los creyentes son considerados justos ante Dios y cómo esa justicia se manifiesta en sus vidas. Aunque están relacionadas, describen aspectos distintos de la obra salvadora de Dios. En términos sencillos, se trata de la diferencia entre la justicia posicional y la justicia práctica. Comprender esta distinción ayuda a entender mejor la justificación y la santificación.
La justicia imputada se refiere a la justicia de Cristo que se acredita al creyente. Imputar significa atribuir algo a la cuenta de otra persona. Esta doctrina se centra en la posición legal del creyente delante de Dios. Debido al pecado, nadie puede cumplir el estándar perfecto de Dios. Sin embargo, Dios declara justo al pecador que cree en Cristo: "Pero al que no trabaja, pero cree en Aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia" (Romanos 4:5). David también habla de esta bienaventuranza cuando describe al hombre "a quien Dios atribuye justicia aparte de las obras" (Romanos 4:6).
En 2 Corintios 5:21, el apóstol Pablo resume esta verdad con claridad: "Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él". Este versículo describe el llamado gran intercambio: Cristo toma nuestro pecado y nosotros recibimos Su justicia. Así, Dios nos declara justos no por lo que hemos hecho, sino por lo que Cristo hizo.
La justicia imputada es completamente obra de Cristo. No es una justicia que se produzca dentro del creyente, sino una justicia externa que lo cubre. Isaías lo expresa con la imagen de una vestidura: "Porque Él me ha vestido de ropas de salvación, me ha envuelto en manto de justicia" (Isaías 61:10). Esta imagen subraya que la justicia del creyente no es propia, sino recibida de Dios.
Por otro lado, la justicia impartida se refiere a la justicia que el Espíritu Santo produce en la vida del creyente. Impartir significa dar o conceder. Este término se utiliza con mayor frecuencia en tradiciones como el metodismo, el wesleyanismo y el movimiento de santidad. Según esta perspectiva, la justicia impartida comienza en la salvación y continúa a lo largo de la vida cristiana, manifestándose como santificación progresiva.
La justicia impartida describe la obra transformadora del Espíritu Santo en el creyente. Pablo exhorta: "Porque de la manera que ustedes presentaron sus miembros como esclavos a la impureza y a la iniquidad, para iniquidad, así ahora presenten sus miembros como esclavos a la justicia, para santificación" (Romanos 6:19). Aquí se enfatiza la respuesta activa del creyente a la obra de Dios.
Este proceso continuo se refleja también en Filipenses 2:12–13: "Ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer, para Su buena intención". Aunque la salvación es un regalo de la gracia de Dios, el creyente participa obedientemente en el proceso de santificación.
La justicia impartida está estrechamente relacionada con el crecimiento espiritual. A medida que el creyente camina en obediencia, el Espíritu Santo produce fruto de justicia, como se describe en Gálatas 5:22–23.
La justicia imputada y la justicia impartida no se oponen; se complementan. La justicia imputada es el fundamento de la justicia impartida. La justificación conduce a la santificación. Sin la declaración legal de justicia ante Dios, no habría base para la obra transformadora del Espíritu en la vida del creyente.
Además, la justicia impartida sirve como evidencia de la justicia imputada. Santiago 2:17 afirma: "Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta". La fe genuina que recibe la justicia imputada de Cristo produce inevitablemente una vida transformada.
Tanto la justicia imputada como la justicia impartida son dones de la gracia de Dios: "Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe" (Efesios 2:8–9). La justicia que justifica y la justicia que santifica proceden de Dios de principio a fin.
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