Pregunta
¿Por qué valora Dios lo íntimo del corazón de la persona (1 Pedro 3:4)?
Respuesta
Las personas tienden a admirar la belleza exterior, pero Dios considera que el carácter interior tiene mucho más valor. En una enseñanza dirigida a las esposas cristianas, el apóstol Pedro las anima a reconocer no solo lo que resulta atractivo para sus maridos, sino también lo que es más valioso a los ojos de Dios: "Que el adorno de ustedes no sea el externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea lo que procede de lo íntimo del corazón, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios" (1 Pedro 3:3–4).
La piedad, aunque visible exteriormente, se origina en el yo interior invisible: el corazón (Proverbios 4:23). Lo "íntimo del corazón" representa al ser humano en su totalidad, tal como es moldeado desde dentro; no se trata de una vida interior privada desconectada del mundo, sino más bien del carácter interno que se manifiesta en el comportamiento cotidiano (Romanos 2:29; 7:22; 2 Corintios 4:16; Efesios 3:16). Lo que le importa a Dios es el carácter piadoso que moldea y embellece nuestro ser interior, más que nuestra apariencia física. Dios "no ve las cosas de la manera en que tú las ves. La gente juzga por las apariencias, pero el Señor mira el corazón" (1 Samuel 16:7, NTV).
¿Por qué valora Dios lo que hay dentro de nosotros —nuestro verdadero yo interior— por encima de los adornos externos? Porque la belleza de la persona oculta en el corazón es "incorruptible" (NBLA), o "no se desvanece" (NTV) —una traducción de la palabra griega aphthartō, que se refiere a algo que no se desvanece ni se descompone con el tiempo. Los adornos externos, como los peinados sofisticados, las joyas costosas y la ropa elegante, son solo temporales. Estas cosas terrenales eventualmente se desvanecerán y se deteriorarán con el tiempo. Sin embargo, las virtudes internas perdurarán para siempre (1 Pedro 1:4, 23; 2 Corintios 4:16–18).
El apóstol Pablo abogaba por el entrenamiento para la piedad por encima del fortalecimiento de nuestros cuerpos externos mediante el ejercicio físico. Le dijo a Timoteo: "El entrenamiento físico es bueno, pero entrenarse en la sumisión a Dios es mucho mejor, porque promete beneficios en esta vida y en la vida que viene" (1 Timoteo 4:8, NTV). Al igual que Pedro, Pablo priorizó la disciplina espiritual y el entrenamiento en la piedad para desarrollar nuestro ser interior, más que centrarse en los entrenamientos externos para desarrollar nuestros cuerpos físicos. La belleza y la fortaleza internas residen en lo íntimo del corazón. El valor de estos rasgos se extiende mucho más allá de esta vida, hasta la vida venidera.
Pablo no estaba diciendo que el entrenamiento físico careciera de valor. Dijo que era bueno para nosotros y que tiene valor para esta vida. Del mismo modo, Pedro no estaba enseñando que las esposas nunca debieran arreglarse o cuidar su apariencia externa. En cambio, estos apóstoles instaban a los creyentes a mantener la perspectiva espiritual correcta. No importa cuánto invirtamos en rutinas de belleza, ejercicio físico o regímenes alimenticios cuidadosos. Un día, todos enfrentaremos la muerte (Hebreos 9:27; Eclesiastés 3:1–2). Nuestros cuerpos humanos, nuestras envolturas externas, morirán algún día. Pero si nacemos de nuevo en Cristo, nuestro ser interior vivirá para siempre, resucitado a la vida como seres espirituales y eternos (2 Corintios 4:16; 1 Corintios 15:42–44). Por esta razón, Jesucristo dijo: "¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?" (Marcos 8:36). Lo que cultivamos y valoramos en esta vida, lo llevaremos a la eternidad.
Si una mujer confía únicamente en el arreglo externo para parecer hermosa, pasará por alto el mayor valor de enriquecer su alma. Si un creyente se concentra solo en el entrenamiento físico, se perderá los beneficios eternos de la disciplina espiritual. Cultivar la piedad y "el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno" afectará todos los aspectos de nuestras vidas, tanto en el presente como en el futuro. Cuanto más crezcamos en la fe, la excelencia moral y la piedad interior, más productivos y útiles seremos en el reino de Dios (2 Pedro 1:3–8). Jesús dijo que nuestra piedad brotará del tesoro de un corazón bueno (Lucas 6:45).
El hermoso carácter guardado en lo íntimo del corazón es un tesoro precioso a los ojos de Dios. Es evidencia de que valoramos a Dios y a Su reino por encima de todo (Mateo 6:19–21). Esta belleza está al alcance de todos los creyentes, tanto mujeres como hombres por igual. Pero esta belleza tiene un alto costo; nos exigirá renunciar a todo. Jesús dijo: "Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su propia manera de vivir, tomar su cruz y seguirme. Si tratas de aferrarte a la vida, la perderás; pero si entregas tu vida por mi causa y por causa de la Buena Noticia, la salvarás" (Marcos 8:34–35, NTV; ver también Lucas 14:25–33).
Pablo consideraba que todo en esta vida carecía de valor, salvo "del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús" (Filipenses 3:7–8). Que vivamos cada día en busca de lo que es más precioso para Dios. Que nos preocupemos menos por arreglar nuestra apariencia exterior y más por embellecer nuestra vida interior (Filipenses 4:8), cultivando el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22–23) y revistiéndonos de la santidad de Cristo (Colosenses 3:12–14; Efesios 4:22–24).
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¿Por qué valora Dios lo íntimo del corazón de la persona (1 Pedro 3:4)?
