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Pregunta

¿Qué es el dios del yo?

Respuesta


Un dios es a lo que acudimos cuando necesitamos aprobación, ayuda o aliento, porque creemos que tiene el poder de darnos lo que necesitamos. El yo es un dios convincente porque surge de nuestros deseos e impulsos más profundos. El dios del yo se manifiesta en la obstinación, el orgullo, la desobediencia, la ostentación, la rebelión, la intemperancia y, en general, el deseo de tener todo a nuestra manera.

Cuando la serpiente tentó a Eva para que desobedeciera el mandato directo de Dios de no comer la fruta prohibida, apeló al dios del yo. Utilizó una incredulidad fingida para tentarla a considerar el mandato de Dios como injusto: "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?" (Génesis 3:1). El dios del yo comenzó a despertarse al cuestionar los motivos de Dios. La respuesta de Eva: "Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis" (Génesis 3:2-3). Ella añadió las palabras "ni lo tocaréis", que Dios nunca había dicho. Se estaba imponiendo un dios contrario al sugerir que la instrucción del Señor era demasiado restrictiva y, por tanto, habría que cuestionarla.

El dios del yo surge en nosotros cuando pensamos que sabemos más que Dios. Estamos en desacuerdo con Su Palabra y elevamos nuestra propia opinión por encima de la suya. Pablo desafió al dios del yo en 2 Corintios 10:5: "derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios". Las especulaciones y las altanerías son huellas que deja el dios del yo cuando pisotea los absolutos para erigir su propio trono en nuestros corazones. Pensamos o decimos cosas como "Si yo fuera Dios, ciertamente no actuaría de esa manera" o "No veo por qué Dios haría esto o aquello". Luchar con difíciles verdades sobre Dios es sano mientras aprendemos más sobre Él, pero exaltarnos a nosotros mismos y nuestras opiniones humanas por encima de la sabiduría infinita de Dios es dar lugar al dios del yo.

El dios del yo está muy activo dentro de la iglesia hoy en día. La auto ayuda, la autoestima, el amor propio y la auto rrealización son temas que antes se dejaban en manos de los psicólogos seculares. Ahora son temas regulares en el cristianismo tradicional. El impresionante y santo Dios que se describe en las Escrituras como un "fuego consumidor" (Deuteronomio 4:24; Hebreos 12:29), y que "herirá a las naciones con la espada de su boca" (Apocalipsis 19:15), se considera importante solo en la medida en que valida nuestro valor o nos hace sentir bien con nosotros mismos. El dios del yo adorará con gusto a un Dios de amor, pero se resiste a aprender sobre Sus otras cualidades porque estas destronarían al yo.

El dios del yo es un héroe en el cristianismo cultural. El yo es el tema principal del evangelio de la prosperidad. Envolver al dios del yo en versículos bíblicos no hace nada para diluir su poder engañoso. Satanás mismo conoce las Escrituras mejor que nosotros e incluso intentó usarlas para tentar al Señor (Lucas 4:1-13). Los adoradores del dios del yo quieren a Jesús lo suficiente para sentirse mejor consigo mismos, pero no lo suficiente como para tomar una cruz y seguirle (Lucas 9:23).

Sabemos que estamos adorando al dios del yo cuando nos acercamos cautelosamente a la Palabra de Dios. La Biblia puede decir una cosa, pero el yo querrá otra, y debemos tomar la decisión: yo o Jesús (ver Juan 6:66; Mateo 6:24). Todos luchamos con la carne a veces. Romanos 7 se escribió para ayudarnos a saber que no estamos solos en esa lucha. Pero cuando seguir al yo es un estilo de vida, tenemos un dios falso (1 Juan 3:3-9), aunque verbalmente profesemos amar a Jesús (ver Mateo 15:8).

Es sabio revisar nuestros corazones en busca de este intruso para que no ser engañados (2 Corintios 13:5). El dios del yo puede colarse inadvertidamente y erigir un trono competidor que se parezca tanto al de Dios que no nos demos cuenta del cambio. Debido a que este dios del yo puede disfrazarse con actividades de apariencia cristiana, vive sin ser detectado en los corazones de muchos que profesan seguir a Cristo. A tales personas desprevenidas, Jesús les dijo estas escalofriantes palabras: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:21-23).

Podemos examinar los tronos de nuestros propios corazones considerando algunas preguntas:

1. ¿Amo la Palabra de Dios y acepto su instrucción? (Salmo 119:165)

2. ¿Cuando leo un pasaje en las Escrituras que me convence, lo pongo en práctica con entusiasmo o me resisto? (Santiago 1:22)

3. ¿Quién tiene la autoridad final sobre las decisiones de mi vida? (Lucas 6:46)

4. ¿Qué tema disfruto más leyendo: ser un mejor yo o conocer mejor a Dios?

5. ¿Solo puedo "entrar" en la adoración si la música es de mi estilo y la banda es de primera categoría?

6. ¿Qué es lo que más me deleita?

7. ¿Son mis mejores amigos los que aman al Señor?

8. ¿Considero "adoración" como un servicio semanal de una hora, o es parte de mi vida diaria?

9. ¿Acaso mi yo del domingo por la mañana cambia el lunes por la mañana?

10. ¿Pongo excusas por el pecado en mi vida en lugar de resistir al pecado y arrepentirme de él?

El dios del yo no necesita un templo físico ni un altar. Se contenta con habitar en nuestros corazones y seguir su propio camino. Pablo describió la cura para deshacernos de este impostor: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gálatas 2:20). El yo no cooperará con la verdad que requiere su sumisión, así que el yo debe morir (Romanos 6:6-7). Dios no compartirá Su trono, y nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que Él no se da cuenta de nuestro servicio al dios del yo. Podemos rechazar los vicios externos y nunca doblaremos la rodilla ante una imagen grabada, pero si Jesús no es el Señor de cada parte de nuestras vidas, lo más probable es que seamos adoradores del dios del yo.

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