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Pregunta

¿Qué dice la Biblia respecto al ego?

Respuesta


Aunque la palabra ego no aparece en la Biblia, sí aparecen conceptos y principios relacionados con el ego. La palabra ego generalmente se refiere a un sentido exagerado de auto-importancia, que generalmente resulta en una excesiva preocupación por el "yo". Sin embargo, morir al yo, el polo opuesto al ego, es el modelo bíblico para los cristianos. La Biblia contiene muchas advertencias contra el yo, por el deseo intrínseco del hombre para ser adorado. De hecho, todas las formas de idolatría moderna tienen al ego como su principal objetivo. Las fuerzas oscuras de esta época han convencido a muchos de que la satisfacción sólo se consigue satisfaciendo los deseos del yo. Y podemos remontarnos hasta el Jardín del Edén, donde Eva se dejó llevar por la mentira de Satanás de que podía "ser como Dios" (Génesis 3:5).

Lo opuesto al ego es la humildad, y tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento contienen muchas referencias sobre cómo vivir con humildad. En el libro de Miqueas leemos: "Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios" (Miqueas 6:8). El rey Salomón declaró: "Riquezas, honra y vida

Son la remuneración de la humildad y del temor del Señor" (Proverbios 22:4). Un versículo que personifica por qué debemos ser humildes es la exhortación de Pedro en su primera epístola: "Revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes" (1 Pedro 5:5, énfasis añadido).

En realidad, las Escrituras dejan claro que Dios aborrece el orgullo y la arrogancia (Proverbios 8:13). Es más, fue el orgullo lo que convirtió a Lucifer en Satanás. Isaías 14:13-14 describe el impresionante enfoque de Satanás en el yo: "Subiré... levantaré... me sentaré... subiré... seré semejante al Altísimo". Este es un ejemplo perfecto de la soberbia que precede a la destrucción (Proverbios 16:18), porque en el siguiente versículo de Isaías vemos dónde le llevó la soberbia a Satanás: "Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo" (v. 15). Cristo reiteró el destino de los orgullosos, advirtiendo que "el que se enaltece será humillado" (Mateo 23:12). Claramente, un ego exaltado y su enfoque en el yo no concuerdan con el llamado cristiano a la humildad. Más bien, es la antítesis de lo que caracteriza a los verdaderos cristianos: la dependencia de Dios y el servicio a los demás.

Un corazón humilde no da lugar al ego, al orgullo o a la arrogancia, porque reconoce que todo lo que tenemos y todo lo que somos viene de Dios, tal como recordó Pablo a los corintios: "Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?". (1 Corintios 4:7). Todos los dones, los talentos y cada respiro que damos provienen de Dios, al igual que nuestro don más preciado, la salvación (Efesios 2:8-9). "¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ...por la ley de la fe" (Romanos 3:27).

Jesucristo es el ejemplo perfecto de humildad (Marcos 10:45; Filipenses 2:5-8). "Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas" (Mateo 11:29). De hecho, Jesús no vino a la tierra para ser servido, sino para servir, "se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo" (Filipenses 2:7). Vemos una expresión de la actitud desinteresada de Cristo en el huerto de Getsemaní, cuando dijo a Su Padre celestial: "pero no sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26:39), y también al día siguiente, cuando soportó humildemente las torturas de la cruz para que pudiéramos reconciliarnos con nuestro Padre celestial.

Pablo es otro bello ejemplo de humildad en acción. A pesar de que fue quizás el mayor defensor de Cristo que haya existido, seguía considerándose el "más pequeño de los apóstoles" y el "primero" de los pecadores (1 Corintios 15:9; 1 Timoteo 1:15). Siempre animó a los que seguían a Cristo a imitar la humildad de Jesús, animándolos, y también a nosotros, a no hacer nada "por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo", señalando que no debíamos limitarnos a mirar por nuestros propios intereses, sino también por los de los demás (Filipenses 2:3-4; Romanos 12:10). Esa es la esencia de la humildad y lo opuesto al ego.

Jesús nos enseñó que los mandamientos más importantes eran amar a Dios con todo el corazón, el alma y la mente y amar al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:37, 39). Cuando nos esforzamos por cumplir estos mandamientos, quitamos la atención de nosotros mismos y la ponemos donde debe estar: en Dios y en la ayuda a los demás. En la vida cristiana despojada de ego, el "yo quiero" se convierte en un "tú quieres".

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