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Pregunta

¿Qué significa "en mi carne, no habita nada bueno" (Romanos 7:18)?

Respuesta


En Romanos 7, el apóstol Pablo habla de la lucha interna del creyente entre el deseo de hacer el bien y la realidad del pecado humano. Este conflicto se libra en el corazón y el alma de todo seguidor genuino de Cristo. Estos versículos nos ayudan a comprender y a esperar que, a lo largo de nuestra vida cristiana, sentirán la tensión de nuestra condición física humana frente a la esperanza de nuestra realidad espiritual redimida. Pablo afirma: "Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno. Porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no" (Romanos 7:18).

Pablo se centra en la dicotomía entre la carne y el Espíritu. Él escribe: "yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado" (Romanos 7:14; ver también Romanos 7:20). Cuando dice: "Nada bueno mora en mí", se refiere a la naturaleza pecaminosa inherente a la naturaleza humana. El término traducido como "carne" en Romanos 7:18 se refiere a la parte física de los seres humanos que es propensa al pecado y a la rebelión contra Dios. En otros pasajes, Pablo se refiere a la carne como "el viejo hombre" (ver Efesios 4:22-24; Colosenses 3:9-10; Romanos 6:6). "Bueno" se refiere a la excelencia moral. Pablo reconoce que su antigua naturaleza pecaminosa a menudo le obstaculiza a pesar de sus mejores intenciones y deseos de vivir una vida recta.

Jesús también reconoció la lucha que enfrentamos con la carne. Cuando se adelantó a los discípulos para orar en el jardín de Getsemaní, Jesús les dejó para que velaran y oraran. Cuando Jesús regresó junto a los discípulos, los encontró a todos dormidos. "¿Conque no pudieron velar una hora junto a Mí?" preguntó Jesús. "Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil" (Mateo 26:40-41).

Los creyentes son llenos del Espíritu Santo en el momento de la salvación (Juan 7:37-39; ver también Juan 14:16-17; 1 Corintios 12:13; 2 Corintios 1:22; Gálatas 3:14; Efesios 1:13). El Espíritu viene a vivir en nosotros, pero la carne también sigue viviendo en nosotros, y ambos están continuamente en guerra. Mientras que el Espíritu que hay en nosotros busca alinearse con la voluntad de Dios, la carne sigue siendo débil y susceptible al pecado. Podemos desear hacer lo que es bueno y justo, pero fracasaremos a menos que dependamos del poder del Espíritu Santo.

Pablo enseñó a los gálatas a vivir por el poder del Espíritu: "Por eso les digo: dejen que el Espíritu Santo los guíe en la vida. Entonces no se dejarán llevar por los impulsos de la naturaleza pecaminosa. La naturaleza pecaminosa desea hacer el mal, que es precisamente lo contrario de lo que quiere el Espíritu. Y el Espíritu nos da deseos que se oponen a lo que desea la naturaleza pecaminosa. Estas dos fuerzas luchan constantemente entre sí, entonces ustedes no son libres para llevar a cabo sus buenas intenciones" (Gálatas 5:16-17, NTV).

Cuando Pablo afirmó: "en mi carne, no habita nada bueno" y "no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico" (Romanos 7:18-19), estaba expresando la frustración y la tensión que todo creyente siente al querer hacer el bien, pero no lograrlo debido a las limitaciones de su naturaleza humana. Pablo no estaba diciendo que nunca hiciera nada bueno y solo hiciera el mal. La Biblia da testimonio de que Pablo logró mucho bien por el evangelio y en obediencia a Jesucristo. En cambio, Pablo reconoció la capacidad de pecar que aún existía en él.

Mientras vivamos en este mundo caído, la tentación del pecado nunca desaparecerá (1 Corintios 10:13; Santiago 1:14). La carne quiere lo que quiere. Pero se promete la liberación de la tentación de pecar. La victoria es inevitable, pero es una esperanza que solo se hará realidad en el futuro (ver 2 Corintios 5:1-4). Mientras esperamos nuestros cuerpos resucitados y la plena herencia en Cristo, debemos vivir en estas "tiendas" débiles y terrenales. Pero gracias a Dios, Su gracia nos cubre ahora, y tenemos la victoria gracias a Su sacrificio en la cruz por nuestros pecados (Hebreos 10:10, 14; Romanos 8:29; Filipenses 1:6; 2:13; Hebreos 13:20-21).

Al decir: "en mi carne, no habita nada bueno", Pablo admite humildemente sus defectos y su necesidad de depender del Espíritu Santo. En Romanos 8, Pablo expone la vida del creyente en el Espíritu y cómo el poder del Espíritu de Dios nos permite vivir en victoria sobre el pecado, un poder que la Ley del Antiguo Testamento no podía dar. Él enfatiza la necesidad de la gracia y la dependencia de Jesucristo para la salvación y la justicia. Pablo no nos está dando una excusa para pecar, sino que más bien señala el poder de Cristo para vencer la pecaminosidad inherente a la carne.

Nada bueno mora en mí es un poderoso recordatorio de nuestra condición humana y de la batalla constante entre el deseo de hacer el bien y la realidad del pecado. Reconocemos nuestra dependencia de la gracia de Dios y del poder transformador de Cristo para vivir una vida que agrada a Dios. A través de su lucha, Pablo enseña la importancia de la humildad, la confianza en Dios y la esperanza futura que proviene de la fe en Jesucristo.

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