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Pregunta

¿Cuáles eran las cosas consagradas en la Biblia?

Respuesta


Las cosas consagradas en la Biblia eran objetos, personas o bienes que Dios separaba para Su uso de manera absoluta. A través de estas cosas, Dios revelaba Su rectitud, santidad, justicia y la necesidad de obedecer Sus mandamientos.

El principio de las cosas consagradas aparece por primera vez en el libro de Levítico. La ley permitía a una persona hacer un voto para dedicar algo por completo al Señor, sin reservas. Aquello que se dedicaba de forma tan solemne pasaba a ser una cosa consagrada y pertenecía al Señor de manera permanente. Los sacerdotes no podían venderlo, y el propietario original no podía recuperarlo. El voto era irrevocable: "Sin embargo, cualquier cosa dedicada que alguien separe para el Señor de lo que posee, sea hombre o animal, o campos de su propiedad, no se venderá ni redimirá. Toda cosa dedicada es santísima al Señor" (Levítico 27:28).

El libro de Josué hace referencia repetida a las cosas consagradas. Después de cruzar el Jordán, Dios instruyó a los israelitas para conquistar Jericó, diciendo: "La ciudad será dedicada al anatema, ella y todo lo que hay en ella pertenece al Señor. Solo Rahab la ramera y todos los que están en su casa vivirán" (Josué 6:17). En este contexto, estar consagrado al Señor significaba quedar destinado a la destrucción total. Por eso, Dios advirtió a Israel que se mantuviera alejado de las cosas consagradas (Josué 6:18). Jericó y todo lo que contenía pertenecían exclusivamente al Señor:

- Los habitantes fueron ejecutados, excepto Rahab y los que estaban en su casa (Josué 6:21–23). Por su fe, Rahab halló gracia delante de Dios (Hebreos 11:31).

- Los animales fueron destruidos (Josué 6:21).

- Los objetos de oro, plata, bronce y hierro fueron destinados al tesoro del tabernáculo (Josué 6:19).

- Todo lo demás fue quemado (Josué 6:24).

Después de la caída de Jericó, Israel sufrió una derrota inesperada. El Señor reveló la causa diciendo: "Israel ha pecado y también ha transgredido Mi pacto que les ordené. Y hasta han tomado de las cosas dedicadas al anatema, y también han robado y mentido, y además las han puesto entre sus propias cosas" (Josué 7:11). Un hombre llamado Acán, de la tribu de Judá, había tomado oro, plata y un manto de Jericó, trayendo juicio sobre sí mismo y sobre toda la nación. El favor de Dios no volvió a Israel hasta que el pecado de Acán fue expuesto y él y su familia fueron ejecutados (Josué 7:24–26).

Dios es santo, y Su pueblo debe reflejar esa santidad. En Deuteronomio 7:26, Dios advierte contra la idolatría: "No traerás cosa abominable a tu casa, pues serás anatema como ella; ciertamente la aborrecerás y la abominarás, pues es anatema". Las cosas consagradas, como los ídolos, representaban contaminación espiritual. Permitirse tenerlas traía destrucción.

La enseñanza teológica es clara: el pueblo de Dios no tiene derecho al botín de la victoria a menos que Dios lo conceda. Lo que pertenece a Dios es de Dios. Las cosas consagradas están destinadas o al juicio o a la adoración. En 1 Samuel 15, Dios ordenó a Saúl destruir por completo a los amalecitas. Saúl obedeció solo parcialmente, perdonando al rey Agag y al mejor ganado. Él mismo reconoció que lo que había preservado eran "cosas dedicadas al anatema" (1 Samuel 15:21). Como consecuencia, Dios rechazó a Saúl como rey. Samuel le dijo: "¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? Entiende, el obedecer es mejor que un sacrificio" (1 Samuel 15:22).

A Dios no le interesan los rituales sin corazón, sino la devoción total: "Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza" (Deuteronomio 6:4–5).

Cristo fue la ofrenda final por nuestros pecados. Fue entregado no por Su propio pecado, pues no tenía ninguno, sino para cargar con la pena del nuestro. En ese sentido, Su cuerpo fue entregado para que nosotros pudiéramos ser redimidos por Su sangre y apartados para la gloria de Dios. Su sacrificio demanda nuestra entrega total: "Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios" (Romanos 12:1). Ahora somos nosotros los consagrados, llamados "linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios" (1 Pedro 2:9).

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