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Pregunta

¿Qué significa que los cristianos no se entristezcan como lo hacen los demás que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13)?

Respuesta


El apóstol Pablo escribe a un grupo de creyentes de Tesalónica, muchos de los cuales están angustiados y afligidos por la muerte de otros creyentes: "Pero no queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen, para que no se entristezcan como lo hacen los demás que no tienen esperanza" (1 Tesalonicenses 4:13). Pablo reconoce la realidad de su dolor ante la pérdida, pero establece una distinción entre el duelo que experimentan los cristianos y el que sufren los no creyentes, o aquellos "que no tienen esperanza".

Pablo no niega el dolor del duelo. Llorar la pérdida de un ser querido es una respuesta humana natural ante la muerte. Nuestra fe en Jesús no significa que debamos reprimir o ignorar estas emociones dolorosas. De hecho, Jesús lloró ante la tumba de Su amigo Lázaro (Juan 11:35). Pero Pablo desea consolar a los afligidos tesalonicenses reorientando su perspectiva, atenuando su dolor con esperanza. En vista de la resurrección de Cristo y de Su prometido regreso, los creyentes pueden experimentar una profunda esperanza incluso en medio de la pérdida.

Muchos de los primeros conversos gentiles arrastraban el lastre de una cosmovisión pagana que consideraba la muerte como el final definitivo y sin esperanza. En el antiguo mundo grecorromano, la vida después de la muerte era incierta o se percibía como una existencia sombría. La mayoría de los no creyentes anticipaban la muerte con un sentimiento de pavor. Del mismo modo, muchos de los cristianos de Tesalónica, aún inexpertos, desconocían qué sucedería con los creyentes que murieran antes del regreso de Cristo. Suponían que estas personas se perderían la resurrección prometida y la vida eterna. Por ello, Pablo les escribe para asegurarles que aquellos que habían "dormido" (una metáfora bíblica de la muerte física) no se quedarían atrás.

Pablo explica que tanto los vivos como los muertos en Cristo participarán en los acontecimientos relacionados con el rapto (1 Tesalonicenses 4:14–17). La esperanza de la vida resucitada era tan real y segura para ellos como para los que aún vivían (ver también 1 Corintios 15:20–22; Juan 5:24–29). Incluso después de que el cuerpo físico de un cristiano haya perecido, esa persona sigue estando "en Cristo". Una vez que pertenecemos a Jesús, nada —ni siquiera la muerte— puede separarnos de Él (ver Juan 10:28–29; Romanos 8:38–39). Nuestra esperanza en una futura resurrección y en la vida eterna con Dios es segura.

Pablo contrasta dos tipos de dolor. El dolor sin esperanza es la tristeza que invade a quienes ven la muerte como la derrota definitiva, el fin irreversible de una relación y una pérdida sin sentido. El dolor sin esperanza no deja más que recuerdos y una sensación de vacío que no se puede llenar. Por el contrario, el dolor con esperanza es el dolor que experimentan quienes confían en las promesas de Cristo. Aunque el dolor de la separación es real, se transforma gracias a la expectativa del reencuentro, la restauración y la resurrección. El dolor del creyente, aunque desgarrador, está impregnado de la luz y el color de "una esperanza viva" (1 Pedro 1:3–4), una "esperanza [que] no acabará en desilusión" (Romanos 5:5, NTV), una esperanza que es "un ancla firme y confiable para el alma" (Hebreos 6:19–20, NTV), es decir, "Cristo en [nosotros], la esperanza de la gloria" (Colosenses 1:27).

Los cristianos siguen afligiéndose, pero su dolor no es como el duelo de aquellos que no tienen esperanza de resurrección y vida eterna. Los creyentes pueden afrontar la muerte con esperanza. Pueden soportar la separación y la pérdida con esperanza. Porque "sabemos que Dios, quien resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará ante sí mismo junto con" todos los cristianos nacidos de nuevo, incluso aquellos que ya han fallecido (2 Corintios 4:14, NTV).

Jesús nos dejó estas maravillosas palabras de esperanza: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá" (Juan 11:25–26, NTV). Como creyentes, lloramos con una esperanza que está anclada en Jesús y en Su promesa de vida resucitada. Nuestro Salvador resucitado volverá algún día por los suyos, trayendo consigo a todos los creyentes que han fallecido, y transformará sus cuerpos muertos y nuestros cuerpos moribundos en cuerpos que vivirán con Él para siempre (ver 1 Corintios 15:51–54).

La muerte no es el final para nosotros (Romanos 8:11). Jesucristo venció a la muerte (ver Romanos 6:9; Hebreos 2:14–15; 1 Corintios 15:54–57). Los cristianos no se entristecen como quienes no tienen esperanza, porque nuestro Salvador "destruyó el poder de la muerte e iluminó el camino a la vida y a la inmortalidad por medio de la Buena Noticia", que es el mensaje de salvación en Jesucristo (2 Timoteo 1:10, NTV). La esperanza del creyente no elimina el dolor, sino que lo redefine, sosteniéndonos con la seguridad de que nos espera un reencuentro en la gloria.

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