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Pregunta

¿Qué significa codiciar en el corazón, según Mateo 5:28?

Respuesta


En el Sermón del Monte, Jesús advierte contra albergar lujuria en el corazón, considerando que es moralmente equivalente a cometer adulterio, aunque no se produzca ningún acto físico. Jesús hace énfasis en que el pecado comienza en el corazón y en la mente (ver Mateo 15:18-20; Marcos 7:20-23), y no solo en las acciones externas: "Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero Yo les digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón" (Mateo 5:27–28).

A través de esta enseñanza, Jesús muestra que el estándar de justicia de Dios no se limita al comportamiento externo, como obedecer los Diez Mandamientos y la ley del Antiguo Testamento (ver Éxodo 20:14; Deuteronomio 5:18). La justicia ante Dios proviene de una relación con Jesucristo, una relación que abarca toda la existencia del creyente, incluidas las actitudes y los deseos internos. Ni siquiera nuestros pecados más secretos y recónditos están ocultos a Dios. Él los ve todos (Salmo 90:8; 139:1–4; Lucas 8:17; Hebreos 4:13).

El pecado impide que las personas tengan una relación con Dios y, por lo tanto, conduce a Su juicio. Por esta razón, Jesús advierte a Sus seguidores que guarden sus corazones y tomen medidas drásticas para evitar el pecado: "Por lo tanto, si tu ojo—incluso tu ojo bueno—te hace caer en pasiones sexuales, sácatelo y tíralo. Es preferible que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano—incluso tu mano más fuerte—te hace pecar, córtala y tírala. Es preferible que pierdas una parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno" (Mateo 5:29–30, NTV).

Esta ilustración de arrancarse un ojo o cortarse una mano emplea la hipérbole, una técnica que recurre a la exageración para destacar un punto importante. Jesús está subrayando lo que está en juego eternamente. Mirar con lujuria en el corazón es algo grave: conduce al fuego del infierno. Y es mejor perder una parte del cuerpo que ver perecer todo su cuerpo en el infierno. Los seguidores de Cristo deben estar atentos para evitar el pecado. Deben hacer lo que sea necesario para mantenerse puros, no solo en sus acciones, sino también en sus corazones.

El verbo griego de Mateo 5:28, traducido como "codiciar" (NBLA) o "pasión sexual" (NTV), es epithymēsai. Se refiere a poner el corazón en algo prohibido. Pablo describe la lujuria en el corazón como "deseos engañosos" (Efesios 4:22), "deseos necios y dañosos" (1 Timoteo 6:9) y "lujurias" (Romanos 6:12). Las consecuencias de no guardar el corazón pueden ser fatales. Pedro advierte que Dios "trata con particular severidad a los que se entregan a sus propios deseos sexuales pervertidos" (2 Pedro 2:10, NTV). Estos deseos libran una guerra contra nuestras almas (ver Santiago 4:1; 1 Pedro 2:11). Santiago describe la peligrosa progresión de la tentación: la lujuria en el corazón nos arrastra a acciones pecaminosas y, en última instancia, da lugar a la muerte (ver Santiago 1:14–15).

La advertencia de Cristo es universal. Incluso quien no haya actuado físicamente con lujuria ya ha cometido adulterio en su corazón. Los pensamientos lujuriosos tienen el mismo peso moral que la infidelidad conyugal. Jesús llama a Sus seguidores a buscar la pureza tanto en el pensamiento como en la acción. Los creyentes que albergan pensamientos y fantasías pecaminosas deben reconocer su culpa. Deben rendir cuentas espiritualmente ante Dios por sus pensamientos e intenciones.

La verdadera justicia ante Dios requiere pureza de corazón y de conducta. La enseñanza de Cristo destaca la necesidad de un corazón transformado, lo cual solo se puede lograr mediante la renovación espiritual y la confianza en Dios. Solo gracias a lo que Jesucristo logró por nosotros en la cruz podemos alcanzar una relación correcta con Dios (2 Corintios 5:21; Efesios 2:8–9). Cuando no estamos a la altura de lo que Dios espera de nosotros debido a nuestros pensamientos y acciones pecaminosas, debemos humillarnos y reconocer nuestras ofensas ante Dios (ver Salmo 32:5).

Afortunadamente, "si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9). Al confesar y apartarnos del pecado, recibimos Su misericordia (Proverbios 28:13). Él nos lava y nos purifica de la culpa y el pecado, creando en nuestro interior un corazón limpio y totalmente dedicado a Él (ver Salmo 51:1–17). Dios nos transforma al renovar nuestras mentes (Romanos 12:2).

La defensa más eficaz contra la lujuria en tu corazón es llenar tu mente con meditaciones agradables a Dios (Salmo 19:14), fijando tus pensamientos en cosas espirituales y celestiales (Romanos 8:5–6; Filipenses 4:8; Colosenses 3:2). Cuando le das a Dios el lugar que le corresponde en el trono de tu corazón y tu mente, Satanás es derrotado (Santiago 4:7).

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