Pregunta
¿Qué significa venir a la luz (Juan 3:21)?
Respuesta
El contraste entre la luz y las tinieblas es un tema destacado en los escritos de Juan. En Juan 3:1–21, Jesús enseña a Nicodemo por qué la gente debe nacer de nuevo mediante las buenas nuevas del evangelio de Jesucristo. Aquí, Juan introduce la yuxtaposición oscuridad/luz: "La luz de Dios llegó al mundo, pero la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malvadas. Todos los que hacen el mal odian la luz y se niegan a acercarse a ella porque temen que sus pecados queden al descubierto, pero los que hacen lo correcto se acercan a la luz, para que otros puedan ver que están haciendo lo que Dios quiere" (Juan 3:19–21, NTV).
Juan afirma que las personas que hacen "lo que es recto", "lo correcto" o que viven "según la verdad" demuestran que han venido a la luz. Este concepto está estrechamente ligado a la idea de caminar en la luz, lo cual implica estar abierto a la revelación de Dios en Jesucristo y vivir de acuerdo con Su verdad: "Pues antes ustedes estaban llenos de oscuridad, pero ahora tienen la luz que proviene del Señor. Por lo tanto, ¡vivan como gente de luz!" (Efesios 5:8, NTV; ver también Juan 8:12; 1 Juan 1:7; 2:9–11).
Los que nacen del Espíritu de Dios salen de las tinieblas a la luz de Jesucristo (ver 2 Corintios 4:6). Jesús declaró: "Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida" (Juan 8:12; ver también Juan 9:5). Cuando nacemos de nuevo mediante la salvación en Jesucristo, esa luz se refleja también en nosotros. Por eso, Jesús dijo que Sus seguidores son "la luz del mundo" (Mateo 5:14–16), llamados a brillar "como luces radiantes en un mundo lleno de gente perversa y corrupta" (Filipenses 2:15, NTV). Nuestra luz no apunta a nosotros mismos, sino a Cristo, la única luz verdadera.
Es importante reconocer que venir a la luz haciendo lo que es correcto no significa que la persona se salve por sus propias obras. Más bien, demuestra una justicia que Dios mismo ha producido en la vida del creyente (ver Efesios 2:8–9). La salvación es obra de Dios, un nuevo nacimiento realizado por el Espíritu Santo (Juan 1:12–13; 3:5–8; Tito 3:5), pero se hace visible exteriormente mediante una vida transformada y santa (2 Timoteo 1:9; Tito 2:11–14).
Venir a la luz también implica estar dispuesto a que nuestras acciones sean examinadas. En contraste, quienes prefieren las tinieblas buscan ocultar sus malas obras (ver Isaías 29:15; Juan 12:46; Romanos 13:12; Efesios 5:11–14; 1 Juan 1:5–7). El creyente, en cambio, puede orar con sinceridad: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna" (Salmo 139:23–24, NTV). Salomón describe este contraste de forma clara: "El camino de los justos es como la primera luz del amanecer, que brilla cada vez más hasta que el día alcanza todo su esplendor. Pero el camino de los perversos es como la más densa oscuridad; ni siquiera saben con qué tropiezan" (Proverbios 4:18–19, NTV).
Venir a la luz no implica superioridad moral ni una religión basada en méritos humanos. Más bien, subraya la responsabilidad del creyente de vivir conforme a la verdad que ha recibido (ver Santiago 4:17; Gálatas 6:9–10; Miqueas 6:8), reconociendo al mismo tiempo que Dios es quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13; Efesios 2:10).
Finalmente, venir a la luz se puede entender como la respuesta del creyente a Jesucristo y a Su llamado a la salvación (ver Isaías 55:1–3; Mateo 11:28–30; Juan 6:35–37; 7:37–38). Jesús es la luz y la verdad encarnadas (Juan 1:4–5, 14; 14:6). Al acudir a Él, salimos de las tinieblas y entramos en "Su luz admirable" (1 Pedro 2:9; ver también Hechos 26:18). Por medio de la fe en Cristo, Dios nos rescata "del dominio de las tinieblas" y nos traslada a Su reino de luz (Colosenses 1:13). Esta transformación se manifiesta en una vida que permanece en Cristo y camina conforme a Su voluntad (Juan 15:5–8; Romanos 12:2; Efesios 4:22–24; Colosenses 3:9–10; 1 Pedro 1:14–16).
Juan afirma que las personas que hacen "lo que es recto", "lo correcto" o que viven "según la verdad" demuestran que han venido a la luz. Este concepto está estrechamente ligado a la idea de caminar en la luz, lo cual implica estar abierto a la revelación de Dios en Jesucristo y vivir de acuerdo con Su verdad: "Pues antes ustedes estaban llenos de oscuridad, pero ahora tienen la luz que proviene del Señor. Por lo tanto, ¡vivan como gente de luz!" (Efesios 5:8, NTV; ver también Juan 8:12; 1 Juan 1:7; 2:9–11).
Los que nacen del Espíritu de Dios salen de las tinieblas a la luz de Jesucristo (ver 2 Corintios 4:6). Jesús declaró: "Yo soy la Luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la Luz de la vida" (Juan 8:12; ver también Juan 9:5). Cuando nacemos de nuevo mediante la salvación en Jesucristo, esa luz se refleja también en nosotros. Por eso, Jesús dijo que Sus seguidores son "la luz del mundo" (Mateo 5:14–16), llamados a brillar "como luces radiantes en un mundo lleno de gente perversa y corrupta" (Filipenses 2:15, NTV). Nuestra luz no apunta a nosotros mismos, sino a Cristo, la única luz verdadera.
Es importante reconocer que venir a la luz haciendo lo que es correcto no significa que la persona se salve por sus propias obras. Más bien, demuestra una justicia que Dios mismo ha producido en la vida del creyente (ver Efesios 2:8–9). La salvación es obra de Dios, un nuevo nacimiento realizado por el Espíritu Santo (Juan 1:12–13; 3:5–8; Tito 3:5), pero se hace visible exteriormente mediante una vida transformada y santa (2 Timoteo 1:9; Tito 2:11–14).
Venir a la luz también implica estar dispuesto a que nuestras acciones sean examinadas. En contraste, quienes prefieren las tinieblas buscan ocultar sus malas obras (ver Isaías 29:15; Juan 12:46; Romanos 13:12; Efesios 5:11–14; 1 Juan 1:5–7). El creyente, en cambio, puede orar con sinceridad: "Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna" (Salmo 139:23–24, NTV). Salomón describe este contraste de forma clara: "El camino de los justos es como la primera luz del amanecer, que brilla cada vez más hasta que el día alcanza todo su esplendor. Pero el camino de los perversos es como la más densa oscuridad; ni siquiera saben con qué tropiezan" (Proverbios 4:18–19, NTV).
Venir a la luz no implica superioridad moral ni una religión basada en méritos humanos. Más bien, subraya la responsabilidad del creyente de vivir conforme a la verdad que ha recibido (ver Santiago 4:17; Gálatas 6:9–10; Miqueas 6:8), reconociendo al mismo tiempo que Dios es quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer (Filipenses 2:13; Efesios 2:10).
Finalmente, venir a la luz se puede entender como la respuesta del creyente a Jesucristo y a Su llamado a la salvación (ver Isaías 55:1–3; Mateo 11:28–30; Juan 6:35–37; 7:37–38). Jesús es la luz y la verdad encarnadas (Juan 1:4–5, 14; 14:6). Al acudir a Él, salimos de las tinieblas y entramos en "Su luz admirable" (1 Pedro 2:9; ver también Hechos 26:18). Por medio de la fe en Cristo, Dios nos rescata "del dominio de las tinieblas" y nos traslada a Su reino de luz (Colosenses 1:13). Esta transformación se manifiesta en una vida que permanece en Cristo y camina conforme a Su voluntad (Juan 15:5–8; Romanos 12:2; Efesios 4:22–24; Colosenses 3:9–10; 1 Pedro 1:14–16).