Pregunta

¿Cómo es que una eternidad en el infierno es un castigo justo por sólo una vida humana de pecado?

Respuesta
La Biblia enseña que el infierno es eterno (Mateo 25:46). Muchas personas luchan con la justicia de esto y se preguntan cómo puede ser justo que Dios castigue eternamente a alguien por haber pecado solo durante los años de su vida terrenal. ¿Cómo puede una existencia limitada merecer un castigo infinito?

Hay dos principios que explican por qué la eternidad en el infierno es un castigo justo por el pecado, sin importar cuánto haya durado la vida terrenal.

En primer lugar, la Biblia declara que todo pecado es, en última instancia, contra Dios (Salmo 51:4). La gravedad del castigo depende, en parte, de la persona contra la que se comete la ofensa. En un tribunal humano, una agresión contra una persona común puede conllevar una multa o un tiempo limitado en prisión; pero si alguien agrediera al presidente o primer ministro de un país, el castigo sería mucho más severo, aunque el acto fuese el mismo. Dios es infinitamente más grande y digno que cualquier ser humano, y por eso, un pecado contra Él tiene consecuencias infinitamente serias. Una ofensa contra un ser infinitamente santo merece un castigo infinito.

En segundo lugar, los no redimidos seguirán pecando incluso después de la muerte. Los que van al infierno no se convierten en seres sin pecado ni en personas transformadas moralmente. Quienes mueren sin Cristo permanecen confirmados en su maldad: los de corazón endurecido seguirán siendo de corazón endurecido. La Biblia dice que en el infierno habrá "llanto y crujir de dientes" (Mateo 25:30), pero no habrá arrepentimiento. Los pecadores serán entregados por completo a su naturaleza caída: seguirán siendo rebeldes, depravados e impíos por toda la eternidad, "porque no se arrepintieron de sus obras" (Apocalipsis 16:9, 11). En ese sentido, el pecado continúa eternamente, y el castigo eterno refleja esa continua rebelión contra Dios (Apocalipsis 20:14–15).

En esencia, si una persona desea estar separada de Dios para siempre, el Señor le concederá ese deseo. Los creyentes son quienes le dicen a Dios: "Hágase tu voluntad", mientras que los no creyentes son aquellos a quienes Dios finalmente dice: "Hágase tu voluntad". La voluntad de los no salvos es rechazar la salvación a través de Jesucristo y permanecer en su pecado; y Dios, en Su justicia, honrará esa decisión junto con sus consecuencias eternas.