Pregunta
¿Qué significa que la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia (Efesios 5:6)?
Respuesta
Efesios 5:6 presenta una seria advertencia para los creyentes. Pablo dice: “Que nadie los engañe con palabras vanas, pues por causa de estas cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia”. La expresión hijos de desobediencia también aparece en Efesios 2:2. En ambos casos, el término describe a personas que viven en pecado habitual y no se arrepienten. Como resultado, demuestran ser hijos del diablo en lugar de hijos de Dios.
Aparte de Cristo, por naturaleza somos “hijos de desobediencia” e “hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:2–3). Estábamos destinados a la condenación eterna, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados)” (Efesios 2:4–5). La salvación es por gracia mediante la fe en Cristo. Ahora, ya no somos hijos de desobediencia, sino que hemos llegado a ser hijos de Dios (Juan 1:12; Romanos 8:17; Gálatas 3:26).
En Colosenses 3:5–6, Pablo recuerda a los creyentes que aquellos que practican el mal—los hijos de desobediencia—enfrentarán el juicio de Dios: “Por tanto, consideren los miembros de su cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría. Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas”.
En la Biblia, ser “hijo de” algo significa reflejar las características o rasgos de aquello. Así, ser “hijo de desobediencia” es caracterizarse por la rebeldía y la desobediencia. Expresiones similares son hijos de la iniquidad (2 Samuel 7:10, JBS) y generación de malvados (Isaías 1:4). Los hijos de desobediencia son personas impías marcadas por su persistente rechazo al estándar santo y justo de Dios.
Pablo contrasta a los “hijos de desobediencia” en Efesios 5:6 con los “hijos de luz” en Efesios 5:8. Los hijos de desobediencia se entregan a “inmoralidad, y toda impureza o avaricia… obscenidades, necedades, groserías” (Efesios 5:3–4). Están en “tinieblas” (Efesios 5:8) debido a sus vidas pecaminosas y sin arrepentimiento, y no tienen “herencia en el reino de Cristo y de Dios” (Efesios 5:5).
Los creyentes genuinos, en cambio, son “hijos de luz” (Efesios 5:8). Pablo dice: “Porque antes ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor; anden como hijos de luz. Porque el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Efesios 5:8–9). Los hijos de desobediencia producen fruto que conduce a la muerte, pero los hijos de luz producen fruto que conduce a la vida eterna: “¿Qué fruto tenían entonces en aquellas cosas de las cuales ahora se avergüenzan? Porque el fin de esas cosas es muerte. Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen por su fruto la santificación, y como resultado la vida eterna” (Romanos 6:21–22). Como hijos de luz, debemos vivir en santidad, manifestando el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22–23).
Como hijos obedientes de Dios, los creyentes deben llevar una vida santa. De este modo, demuestran que son verdaderos discípulos. Jesús dijo: “Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:31–32).
Aparte de Cristo, por naturaleza somos “hijos de desobediencia” e “hijos de ira, lo mismo que los demás” (Efesios 2:2–3). Estábamos destinados a la condenación eterna, “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados)” (Efesios 2:4–5). La salvación es por gracia mediante la fe en Cristo. Ahora, ya no somos hijos de desobediencia, sino que hemos llegado a ser hijos de Dios (Juan 1:12; Romanos 8:17; Gálatas 3:26).
En Colosenses 3:5–6, Pablo recuerda a los creyentes que aquellos que practican el mal—los hijos de desobediencia—enfrentarán el juicio de Dios: “Por tanto, consideren los miembros de su cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría. Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas”.
En la Biblia, ser “hijo de” algo significa reflejar las características o rasgos de aquello. Así, ser “hijo de desobediencia” es caracterizarse por la rebeldía y la desobediencia. Expresiones similares son hijos de la iniquidad (2 Samuel 7:10, JBS) y generación de malvados (Isaías 1:4). Los hijos de desobediencia son personas impías marcadas por su persistente rechazo al estándar santo y justo de Dios.
Pablo contrasta a los “hijos de desobediencia” en Efesios 5:6 con los “hijos de luz” en Efesios 5:8. Los hijos de desobediencia se entregan a “inmoralidad, y toda impureza o avaricia… obscenidades, necedades, groserías” (Efesios 5:3–4). Están en “tinieblas” (Efesios 5:8) debido a sus vidas pecaminosas y sin arrepentimiento, y no tienen “herencia en el reino de Cristo y de Dios” (Efesios 5:5).
Los creyentes genuinos, en cambio, son “hijos de luz” (Efesios 5:8). Pablo dice: “Porque antes ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor; anden como hijos de luz. Porque el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad” (Efesios 5:8–9). Los hijos de desobediencia producen fruto que conduce a la muerte, pero los hijos de luz producen fruto que conduce a la vida eterna: “¿Qué fruto tenían entonces en aquellas cosas de las cuales ahora se avergüenzan? Porque el fin de esas cosas es muerte. Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen por su fruto la santificación, y como resultado la vida eterna” (Romanos 6:21–22). Como hijos de luz, debemos vivir en santidad, manifestando el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22–23).
Como hijos obedientes de Dios, los creyentes deben llevar una vida santa. De este modo, demuestran que son verdaderos discípulos. Jesús dijo: “Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Juan 8:31–32).