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Pregunta

¿Qué son las obras meritorias en el catolicismo?

Respuesta


A menudo se dice entre los evangélicos que la Iglesia Católica enseña “salvación por obras”. La mayoría de los católicos negarían esto firmemente. Si los evangélicos van a interactuar con aquellos en la Iglesia Católica y compartir el evangelio con ellos, es importante entender correctamente la doctrina católica, incluyendo su visión de las obras meritorias.

En la doctrina católica, hay dos tipos de mérito. El primero es el mérito condigno, es decir, el mérito que lleva consigo una obligación. Si el mérito condigno no es reconocido y recompensado, se produce una violación de la justicia. Por ejemplo, si entras en un restaurante y disfrutas de una buena comida, estás obligado a pagar por ella. Si es una comida terrible, puedes estar justificado en negarte a pagar; pero, si es una comida estupenda, la justicia requiere que pagues.

El mérito congruo es aquel que no lleva ninguna obligación, pero es apropiado reconocerlo y recompensarlo. Por ejemplo, si el camarero del restaurante mencionado te da un gran servicio, es apropiado que dejes una buena propina. Sin embargo, aunque no dejes propina alguna, no has violado la justicia (aunque el camarero puede que no esté de acuerdo). Cualquier propina que dejes quedará a tu discreción. Si un camarero ofrece un buen servicio, es ciertamente apropiado (congruo) que dejes una buena propina, y, si ofrece un mal servicio, es apropiado dejar una pequeña propina o ninguna propina.

La Iglesia Católica enseña que los humanos no pueden realizar obras de mérito condigno, es decir, nunca podemos poner a Dios en deuda con nosotros, de manera que Dios nos “deba” la vida eterna. Sin embargo, según la doctrina católica, podemos realizar obras de mérito congruo, es decir, podemos hacer buenas obras que sea apropiado que Dios recompense. La penitencia es una de las obras de mérito congruo que compensará las acciones pecaminosas, pero cualquier cosa que se consideraría una “buena obra” puede tener este tipo de mérito.

Según la enseñanza católica, el sacramento del bautismo elimina el pecado original y devuelve a uno a un estado de inocencia, permitiéndole realizar obras de mérito congruo. Sin estas obras de mérito congruo, sería incongruo (inapropiado) que Dios permitiera la entrada al cielo. Si una persona muere “en estado de gracia”, es decir, en una relación adecuada con la Iglesia Católica, habiendo sido bautizada y no habiendo cometido ningún pecado mortal (un pecado que destruye el estado de gracia), pero no tiene suficientes obras de mérito congruo para cubrir sus pecados y hacerlo apropiado para que Dios le permita entrar en las glorias del cielo, entonces esa persona debe sufrir en el purgatorio hasta que haya pagado las penas temporales por sus pecados.

La mayoría de los católicos serían rápidos en enfatizar que esta disposición es un acto de la gracia. Dios no tuvo que enviar a Su Hijo a morir en la cruz para que pudiéramos tener el pecado original removido, permitiéndonos realizar obras de mérito congruo. Del mismo modo, enfatizarían que nunca podemos ganar verdaderamente la salvación en el sentido de que Dios nunca es nuestra deuda. Somos como el camarero que ha dado buen servicio pero sabe que no se le debe legalmente una propina: la propina queda a discreción del cliente. (Una propina también se denomina “gratuidad”, de la palabra latina gratis, que significa “favor” o “libre”, lo cual implica una falta de obligación). Pero Dios ha prometido que dejará grandes propinas cada vez que reciba buen servicio. Dios “debe” una recompensa por mérito congruo porque ha prometido recompensarlo, no porque se le deba en ningún sentido absoluto.

Dada esta configuración, es posible entender cómo el catolicismo puede mantener que somos salvados por la gracia y por la muerte de Cristo. Los católicos y los evangélicos estarían de acuerdo en que Cristo pagó por nuestros pecados en la cruz. Sin embargo, los católicos afirman (y los evangélicos niegan) que podemos satisfacer algunos de nuestros pecados también. Los evangélicos y católicos también discrepan sobre cómo conseguimos la justicia positiva necesaria para permitirnos la entrada al cielo. En el catolicismo, esta justicia positiva viene a través de las obras de mérito congruo, que son el resultado del esfuerzo personal y la colaboración con la gracia. Si los esfuerzos de uno no son suficientes, el resto será atendido en el purgatorio. (En la teología católica, el purgatorio es una parte del cielo. Si llegas al purgatorio, es sólo cuestión de tiempo antes de que seas purificado y sea apropiado que Dios te permita disfrutar de las glorias del cielo. Puede tomar millones o miles de millones de años, pero sucederá.) Por lo tanto, parece imposible escapar de la conclusión de que la salvación última, tal como se enseña en el catolicismo romano, se basa en las obras de la persona.

Los evangélicos argumentan que, no sólo Cristo pagó la pena por nuestros pecados, sino que también Él es la fuente de toda la justicia que necesitamos para entrar en la presencia de Dios. La justicia que tenemos no es nuestra propia justicia congrua, sino la justicia de Jesucristo. Pablo enfatiza que quiere “ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:9). Los evangélicos argumentarían que la “justicia de la ley” que Pablo menciona se equipara al concepto de justicia congrua. En Cristo, estamos plenamente justificados, no sólo nos devuelven a un punto de “equilibrio” desde el cual se nos da la oportunidad de trabajar nuestro camino hacia la cima.

En última instancia, la Iglesia Católica Romana enseña que, finalmente, la entrada al cielo se basa en la cooperación de la persona con la gracia y sus propios esfuerzos: las personas pueden extinguir la gracia impartida en el bautismo cometiendo pecados mortales, y su entrada en las glorias del cielo se basa en el mérito que ellos proporcionan. La Biblia enseña que la gracia y las obras son métodos contrarios de salvación y que sólo podemos ser salvos cuando abandonamos todos los intentos de nuestra propia justicia y aceptamos la justicia de Cristo que viene a través de la fe. Lutero declaró que las buenas obras son pecados mortales si se hacen en un intento de ganar el favor de Dios.

Romanos 4:4–8 dice: "Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado".

En este pasaje, no sólo se perdonan los pecados libremente, sino que la justicia se otorga únicamente sobre la base de la fe.

Según el evangelio del Nuevo Testamento, el perdón de los pecados y la justicia positiva son proporcionados por Cristo y se conceden al creyente como un regalo. Independientemente de las complejidades de la doctrina católica oficial, hay demasiados católicos (así como protestantes, si somos honestos al respecto) que operan bajo la suposición de que, si son lo suficientemente buenos o se esfuerzan lo suficiente, Dios los aceptará. En última instancia, esta creencia elimina a Cristo como Salvador en favor del individuo que intenta salvarse a sí mismo.

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