settings icon
share icon
Pregunta

¿Qué lecciones podemos extraer del relato de la mujer sorprendida en adulterio?

Respuesta


Nota: La autenticidad de este pasaje de las Escrituras, conocido a veces como la "perícopa de la adúltera", es cuestionable. Independientemente de si la historia forma parte del Evangelio de Juan o no, su mensaje encaja con el carácter y la sabiduría del Señor Jesús.

La arrogancia moral es un pecado del que todas las personas son culpables, pero del que a menudo no son conscientes en sí mismas. Junto con otras lecciones importantes, el encuentro de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio pone al descubierto esta tendencia farisaica e hipócrita que hay en todos nosotros.

Juan 7:53—8:11 narra la conmovedora historia de una mujer sorprendida en adulterio. Un día, mientras Jesús enseñaba al pueblo en el atrio del templo, algunos maestros de la ley y fariseos trajeron a una mujer de la que decían que había sido sorprendida en flagrante adulterio. Haciéndola ponerse de pie ante la multitud, le dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio. Y en la ley, Moisés nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. ¿Tú, pues, qué dices?" (Juan 8:4–5).

Los escribas y los fariseos esperaban tenderle una trampa a Jesús. En los casos de adulterio, la ley judía prescribía la lapidación (Deuteronomio 22:22). Si Jesús recomendaba que se liberara a la mujer, podría ser acusado de infringir la ley o de tomarse a la ligera la Ley de Moisés. Por otro lado, si Jesús recomendaba lapidar a la mujer, estaría infringiendo la ley romana, provocando la ira del gobierno y dando a los líderes judíos motivo para acusarlo. A los líderes judíos no les importaba en absoluto la verdadera justicia, como lo demuestra el hecho de que solo trajeran a la mujer adúltera; la justicia exigiría, naturalmente, que el hombre adúltero recibiera el mismo trato.

En lugar de caer en su trampa legalista, Jesús se agachó en silencio y comenzó a trazar con el dedo en la arena. Los fariseos y los maestros siguieron interrogándolo hasta que finalmente se puso de pie y dijo: "El que de ustedes esté sin pecado, sea el primero en tirarle una piedra" (Juan 8:7). La respuesta de Jesús preservó a la perfección tanto la ley romana como la judía, al tiempo que puso al descubierto las malas intenciones en los corazones de los acusadores de la mujer.

Agachándose de nuevo, Jesús volvió a escribir en el suelo. Uno a uno, los acusadores se marcharon hasta que Jesús y la mujer se quedaron solos. A diferencia de los fariseos, que no tenían ningún respeto por la vida ni el bienestar de la mujer, Jesús se preocupó ahora por sus necesidades más urgentes. No condenó a la mujer, sino que le ofreció gracia, misericordia y perdón.

Jesús le preguntó a la mujer: "Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado?".

"Ninguno, Señor", respondió la mujer.

Jesús la tranquilizó con palabras de gracia y verdad: "Yo tampoco te condeno. Vete; y desde ahora no peques más" (Juan 8:11). Una vez abordados su culpa y su vergüenza, Jesús le ofreció una nueva vida. El perdón ("Vete") debe conducir a la santidad y a una vida renovada ("no peques más").

Quizás el aspecto más llamativo de la historia de la mujer sorprendida en adulterio es cómo ilustra hábilmente la armonía entre la justicia y la misericordia en la salvación de Cristo. Dios pronuncia juicio sobre el pecado, pero proporciona una manera de escapar de la condenación (Romanos 3:23; 8:1). Jesús no fomenta el pecado, pero ama al pecador. El Señor acalla a los críticos de este mundo mientras sana los corazones agobiados por la culpa y la vergüenza. Dios nunca trata el pecado a la ligera, sino que llama a los pecadores a apartarse de su antigua y corrupta forma de vida (Efesios 4:17-24).

El episodio de la mujer sorprendida en adulterio alumbra cada uno de nuestros corazones y pone de manifiesto la omnipresencia del pecado. Después de que Jesús instara a los acusadores a examinar sus propias vidas, todos dejaron caer sus piedras y se marcharon, sabiendo que ellos también merecían el mismo castigo.

Este episodio nos ofrece un excelente ejemplo a seguir cuando nos encontramos reaccionando con juicio o con una actitud de superioridad moral ante el pecado de otra persona. Debemos recordar cuánto nos ha perdonado Dios y que ninguno de nosotros tiene derecho a lanzar piedras (Mateo 6:14–16; Marcos 11:25; Lucas 6:37). Dios desea reconciliar al mundo consigo mismo, y los cristianos están llamados a ser ministros de esa reconciliación (2 Corintios 5:18).

Dios envió a Su Hijo al mundo para salvarnos de la condenación que merecemos (Juan 3:17). Esta verdad queda perfectamente ilustrada en la interacción de Jesús con la mujer sorprendida en adulterio.

English



Retornar a la página inicial de Español

¿Qué lecciones podemos extraer del relato de la mujer sorprendida en adulterio?
Suscríbete a la

Pregunta de la Semana

Comparte esta página: Facebook icon Twitter icon Pinterest icon YouTube icon Email icon
© Copyright Got Questions Ministries