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Pregunta

¿Qué significa que la ley del Señor es perfecta, que restaura el alma (Salmo 19:7)?

Respuesta


El Salmo 19, escrito por el rey David, da testimonio de la revelación perfecta que Dios hace de sí mismo a la humanidad. Esta revelación se manifiesta de dos maneras: a través del mundo natural que Él creó (Salmo 19:1–6) y a través de su Palabra escrita (Salmo 19:7–14). A mitad del salmo, David comienza a hablar de las Escrituras, el medio por el cual Dios revela claramente Su gloria a los seres humanos. Comienza diciendo:

La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma;

el testimonio del Señor es seguro, que hace sabio al sencillo.

Los preceptos del Señor son rectos, que alegran el corazón;

el mandamiento del Señor es puro, que alumbra los ojos

(Salmo 19:7–8).

Al igual que en el Salmo 119:1, la "ley del Señor" aquí en el Salmo 19:7 abarca la totalidad de la Palabra de Dios: toda la revelación divina de la verdad, las enseñanzas y las instrucciones de las Escrituras destinadas a moldear la fe, el carácter y la conducta. David declara que la Palabra de Dios es "perfecta", un término que, en hebreo, transmite plenitud, integridad, suficiencia, irreprochabilidad y la ausencia de cualquier carencia.

La Palabra de Dios es perfecta porque encaja perfectamente para lograr la salvación y la santificación humanas (1 Tesalonicenses 2:13). El apóstol Pablo le dio testimonio de esto a Timoteo: "Desde la niñez, se te han enseñado las sagradas Escrituras, las cuales te han dado la sabiduría para recibir la salvación que viene por confiar en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver lo que está mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña a hacer lo correcto. Dios la usa para preparar y capacitar a su pueblo para que haga toda buena obra" (2 Timoteo 3:15–17, NTV).

La ley del Señor es "santa, justa y buena" (Romanos 7:12), perfectamente libre de toda corrupción. Es totalmente capaz de cumplir su propósito designado (Isaías 55:10–11). Equipa a la perfección al pueblo de Dios para el servicio (2 Timoteo 3:17). No se debe añadir ni quitar nada de la Palabra de Dios (Deuteronomio 4:2; Apocalipsis 22:18–19).

La frase "restaura el alma" en el Salmo 19:7 apunta a la restauración completa, la reorientación y la transformación del alma humana. David usó el mismo término en el Salmo 23, cuando declaró: "Él restaura mi alma" (Salmo 23:3). La Palabra de Dios restaura, revive y refresca a los creyentes de la muerte a la vida (Salmo 107:20; 119:25, 50; 1 Pedro 1:23). Convierte el alma al sacar a la luz nuestra pecaminosidad y nuestra desesperada necesidad de Dios (Romanos 3:20, 7:7). Nos redirige al camino de la justicia (Salmo 119:105) y nos transforma de adentro hacia afuera (Romanos 12:2; Hebreos 4:12).

La ley del Señor —la totalidad de la Palabra de Dios— es donde acudimos para encontrar restauración mental, emocional y espiritual. Sin embargo, la Palabra no logra esta conversión del alma de manera aislada. Al predicar sobre el Salmo 19:7, Charles Spurgeon explicó: "Nuestro texto dice verdaderamente que la Palabra de Dios nos hace dar un giro. Esto no significa que la Palabra por sí sola haga eso al margen del Espíritu de Dios, porque un hombre puede leer la Biblia de principio a fin cincuenta veces y, durante cincuenta años, escuchar sermones que provienen todos de la Biblia, y sin embargo nunca lo transformarán a menos que el Espíritu de Dios haga uso de la Palabra de Dios o de los sermones del predicador. Pero cuando el Espíritu de Dios acompaña a la Palabra, entonces la Palabra se convierte en el instrumento de la conversión de las almas de los hombres" ("Revelación y conversión", en The Metropolitan Tabernacle Pulpit Sermons, vol. 50, Passmore & Alabaster, 1904, p. 74).

El Espíritu de Dios debe acompañar a la Palabra de Dios para que esta traiga vida y transformación al alma humana (Juan 16:13–14; Hechos 10:44; 1 Tesalonicenses 1:5; 1 Corintios 2:4–5, 10–14). Jesús dijo: "El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que Yo les he hablado son espíritu y son vida" (Juan 6:63).

La revelación definitiva de Dios a la humanidad se da a través de la persona de su Hijo, Jesucristo, quien es "el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder" (Hebreos 1:1-3). Jesús es la Palabra viva de Dios (Juan 1:1–14). Él es el Cordero de Dios perfecto, sin pecado y sin mancha (Hebreos 4:15; 2 Corintios 5:21; 1 Pedro 1:19; 2:22). Cristo, quien es el único camino de salvación (Juan 3:16, 14:6; Hechos 4:12), vino a cumplir la Ley (Mateo 5:17–18; Romanos 10:4). A través de la fe en Él y en Su obra de redención en la cruz, experimentamos la conversión de nuestras almas: la restauración, la santificación y el don de la vida eterna con Dios para siempre (Romanos 8:3–4; Gálatas 3:24–25; 4:4–5; Colosenses 2:13–14; Efesios 2:8–9).

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