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Pregunta

¿Acaso los deseos sexuales tienen un carácter pecaminoso?

Respuesta


La sexualidad y la reproducción son una parte fundamental de la vida. Todos los seres vivos tienen algún tipo de impulso reproductivo porque Dios decretó que la sexualidad fuera la forma en que la mayor parte de la creación perpetuara las distintas especies. Para los animales, los impulsos sexuales son simplemente impulsos físicos como el hambre o la sed. Pero para los seres humanos, la sexualidad también implica vínculos emocionales, espiritualidad, dominio propio e intimidad psicológica. Nuestra sexualidad es una parte integral de lo que somos, pero no nos define. Somos mucho más que nuestra sexualidad, y Dios espera que la dominemos, y no que permitamos que nos domine. Al haber sido diseñados por Dios, los deseos sexuales no son inherentemente pecaminosos. Son buenos, aunque deben ser controlados y sometidos a la ley moral de Dios (1 Corintios 7:8-9).

No podemos separar nuestra identidad de nuestra sexualidad, nuestro género o nuestros deseos. La sexualidad es una parte básica de nuestro ser; aunque ésta no es sinónimo de nuestro ser. No somos ni nuestra sexualidad, ni nuestro género, ni nuestros deseos. Estos son aspectos de nuestra personalidad, pero no la definen.

Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y no podemos entendernos a nosotros mismos si no partimos de ese hecho (Génesis 1:27). Creados a imagen de Dios, los seres humanos, a diferencia de los animales y las plantas, tienen un espíritu eterno al igual que Dios. Fuimos diseñados para vivir en continua comunión con Él en nuestros espíritus, pero para ello debemos mantener nuestros cuerpos físicos en sujeción a ese espíritu (1 Corintios 9:27). Cuando permitimos que los deseos sexuales determinen nuestro estilo de vida o dominen nuestro comportamiento, estamos viviendo como animales y no como si fuéramos lo más grande de la creación terrenal de Dios. Cuando se da rienda suelta a los deseos sexuales, vivimos como si no fuéramos la imagen de Dios.

Los deseos sexuales, aunque no son pecaminosos en sí mismos, se vuelven pecaminosos cuando se desvían de los límites que Dios estableció para ellos. Cuando Dios dijo: "No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él" (Génesis 2:18), instituyó la sexualidad matrimonial como parte de Su buen plan (Génesis 1:31). El diseño de Dios para la sexualidad humana era que fuera una consumación física y espiritual de un hombre y una mujer para que se convirtieran en "una sola carne" en un pacto para toda la vida (Génesis 2:21-24). Jesús reiteró este concepto cuando le preguntaron sobre el divorcio. Respondió: "'Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre" (Mateo 19:5-6).

Satanás siempre ha pervertido todo lo que Dios crea como bueno. La sexualidad es un área en la que ha tenido gran éxito al convencer a millones de personas de que sus deseos sexuales deben determinar el rumbo de sus vidas. El maligno gana el control de nuestra sexualidad a través de varios medios, y explota el egoísmo en el corazón de cada ser humano. Al pervertir el don divino de la sexualidad, Satanás tuerce nuestros deseos sexuales sanos para convertirlos en algo sucio, malo o dañino. Cuando nos dejamos llevar por sus propuestas en lugar de adherirnos al diseño de Dios, caemos en una de sus trampas. La obra de Satanás se ve en la proliferación de la homosexualidad, el abuso infantil, el tráfico sexual, la violación, el aborto, el bestialismo, las crisis de identidad de género y el transexualismo. Todos esos trastornos son perversiones de los deseos sexuales naturales.

Podemos comparar los deseos sexuales con la electricidad. La electricidad es un descubrimiento maravilloso, y cuando se aprovecha correctamente y se canaliza, la electricidad beneficia enormemente a la humanidad. Pero el poder de la electricidad se debe utilizar correctamente, o puede destruir. Cuando un cable eléctrico se enchufa en una toma de corriente bien conectada a tierra, los resultados son buenos. Pero si clavamos un tenedor en ese mismo enchufe, se produce una destrucción. Lo mismo ocurre con la sexualidad. Cuando limitamos nuestros deseos sexuales naturales a las vías que Dios diseñó para ellos, los resultados son buenos. Pero cuando violamos Su diseño a través de la inmoralidad, el adulterio, o alguna expresión pervertida de la sexualidad, resulta en la destrucción. Los dones de Dios vienen con instrucciones. Cuando seguimos esas instrucciones, experimentamos el bien que Él pretende para nosotros.

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