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Pregunta

¿Qué consecuencias traen a la vida cristiana problemas como el autismo, el trastorno del apego, el TDAH, etc.?

Respuesta


Cuando Adán pecó, la muerte entró en el mundo. Dios expulsó a Adán y Eva del jardín pues habían cambiado su vida en el paraíso por una maldición. Estaban maldecidos, sus cuerpos estaban maldecidos y el mundo estaba maldecido. Sus cuerpos, una vez perfectos, morían de a poco. Sus almas, antes en armonía con Dios, estaban ahora predispuestas a rebelarse contra Él. Miles de años y cientos de generaciones después, heredamos la misma maldición. Nuestros cuerpos, a pesar de la ciencia médica, son más propensos a las enfermedades que los de Adán y Eva. Nuestro ADN, después de generaciones de radiación y exposición química, está lleno de imperfecciones. Y nuestra sociedad está tan contaminada por el pecado y nuestras almas son tan fáciles de atraer que nuestras acciones pueden cambiar nuestra fisiología de manera que el pecado se vuelve aún más natural.

Dios lo sabe. Él sabe que nuestro pecado y nuestra fisiología están a veces conectados. En Génesis 3:16, Él explica el efecto que el pecado tiene en las mujeres: "Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti". El pecado tuvo un impacto tan grande en las mujeres que el pecado futuro sería más común. Y Dios sabe que el pecado -ya sea el pecado original, nuestro propio pecado o el de otros- puede cambiarnos de tal manera que seguir las normas de Dios se hace más difícil. El estado caído del mundo ha provocado, directa o indirectamente, muchas situaciones diferentes que dificultan nuestra comprensión del plan de Dios para nosotros. Las deficiencias cerebrales, como las relacionadas con el autismo, pueden hacer difícil empatizar con los demás y mostrar amor. El pecado de otros puede causar un trastorno de apego, que daña la comunión que Dios diseñó para que tuviéramos con los demás. Y la fisiología congénita puede dificultar las relaciones sexuales saludables.

Lo primero que hay que comprender sobre estas condiciones es que no son nada comparadas con el poder, el amor y la gracia de Dios. Romanos 8:38-39 dice: "Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro". Nada de nosotros o fuera de nosotros, nada que hagamos y nada que nos hagan, puede impedir que Dios nos perdone y nos acepte como Sus hijos. Él conoce nuestro estado físico y nuestras dificultades. Conoce nuestras capacidades mentales y emocionales. Pero todos estamos condicionados a pecar.

La segunda cosa para recordar es más bien un arma de doble filo: Dios conoce nuestros límites, y aun así espera que obedezcamos. Dios conoce nuestro estado inicial como personas afectadas. Sus promesas de esperanza y sanidad son aplicables tanto a alguien con autismo o un problema mental como a cualquier otra persona. Pero, aunque no podemos contribuir a la obra de salvación de Cristo, se espera que colaboremos con la obra de sanidad de Dios en nosotros. Los principios de santificación y muerte a la carne siguen siendo aplicables. Todavía se espera que tomemos en cuenta el plan de Dios para nosotros por sobre nuestros propios deseos. Eso puede significar seguir tomando la medicina necesaria, aunque no queramos hacerlo. O ser diligente con la terapia. Y la "sanidad" no se parecerá a lo que el mundo espera, pero Dios nunca quiso que nos conformáramos al mundo - Él quiere que nos conformemos a la imagen de Jesús (Romanos 8:29).

Todo el mundo está dispuesto a rebelarse contra Dios y a vivir una vida de pecado. A veces esa disposición tiene un nombre y un significado médico, y a veces no. Pero a los ojos de Dios, sólo hay dos tipos de personas: las que han aceptado a Jesús como su Salvador y las que no. Nuestras limitaciones físicas y predisposiciones pueden determinar los desafíos que enfrentaremos en nuestro intento de obedecer a Dios, pero nunca nos tienen que separar del amor de Dios.

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