Pregunta
¿Qué significa "no poniendo la confianza en la carne" (Filipenses 3:3)?
Respuesta
En Filipenses 3:3, Pablo escribe: "Porque nosotros somos la verdadera circuncisión, que adoramos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no poniendo la confianza en la carne". Aquí, Pablo articula un principio fundamental para los creyentes: no debemos tener confianza en la carne.
La palabra "carne" en este contexto se refiere a cualquier esfuerzo, logro o realización fuera de Cristo. En lugar de jactarnos de nuestras capacidades, debemos jactarnos del Señor (ver Jeremías 9:24), quien nos proporciona generosamente "toda buena dádiva y todo don perfecto" (Santiago 1:17).
Para comprender mejor lo que significa no confiar en la carne, podemos fijarnos en la vida de Pablo. Antes de su conversión, Pablo se adhería estrictamente a la ley mosaica y se enorgullecía de sus privilegios espirituales y étnicos (Filipenses 3:4-6). Sin embargo, en el camino a Damasco, Pablo tuvo un encuentro decisivo con el Señor resucitado, quien lo transformó en un predicador de la fe que antes había tratado de destruir (Gálatas 1:23). Como seguidor de Cristo, Pablo consideró todo lo de su vida anterior como "pérdida" por conocer a Cristo (Filipenses 3:7-8). Pablo pasó de tener confianza en la carne a tener confianza en Cristo. No se trataba de menospreciarse a sí mismo, sino de que Dios redefiniera dónde debía estar la confianza y la seguridad de Pablo.
No tener confianza en la carne significa renunciar a la justicia propia y caminar según el Espíritu. En Gálatas 5:16-17, Pablo contrasta el vivir según el Espíritu con el vivir según la carne. El Espíritu y la carne se oponen entre sí. Pablo escribe: "Digo, pues: anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro, de manera que ustedes no pueden hacer lo que deseen". Al aconsejar a los creyentes que no confíen en la carne, Pablo nos manda que nos dejemos guiar por el Espíritu, que produce el fruto del amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio (Gálatas 5:22-23).
Además, no confiar en la carne significa recibir la gracia suficiente de Dios. Una vez más, Pablo ilustra esto. En 2 Corintios 12, habla de una espina en su carne y de cómo le enseñó a deleitarse en las debilidades y dificultades por amor a Cristo. La enfermedad física lo llevó a decir: "cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Corintios 12:10). No confiar en la carne, entonces, nos permite depender más de la gracia de Dios. Redirigimos nuestra jactancia para glorificar solo a Cristo.
No confiar en la carne es renunciar a la autosuficiencia y depender únicamente de Dios. Significa volver constantemente al pie de la cruz, reconocer nuestra necesidad de la obra redentora de Cristo y rechazar la tentación de atribuirnos cualquier logro espiritual o moral. También implica reconocer con humildad que todo lo bueno en nuestras vidas se debe a la gracia de Dios y no a nuestra dignidad (Efesios 2:8-9).
No confiar en la carne es depender completamente de Cristo y renunciar a confiar en nuestras propias obras. La verdadera circuncisión es la del corazón, por el Espíritu, no por la ley mosaica (Romanos 2:29). Como creyentes, debemos redefinir nuestras nociones de éxito en términos de su relación con Cristo y Su pueblo. A medida que aprendemos a no confiar en la carne, nos sintonizamos más con el poder santificador del Espíritu Santo, que nos convierte en testigos eficaces del evangelio. Esforcémonos, pues, por entregarnos a Dios, viviendo nuestra fe por el poder del Espíritu.
La palabra "carne" en este contexto se refiere a cualquier esfuerzo, logro o realización fuera de Cristo. En lugar de jactarnos de nuestras capacidades, debemos jactarnos del Señor (ver Jeremías 9:24), quien nos proporciona generosamente "toda buena dádiva y todo don perfecto" (Santiago 1:17).
Para comprender mejor lo que significa no confiar en la carne, podemos fijarnos en la vida de Pablo. Antes de su conversión, Pablo se adhería estrictamente a la ley mosaica y se enorgullecía de sus privilegios espirituales y étnicos (Filipenses 3:4-6). Sin embargo, en el camino a Damasco, Pablo tuvo un encuentro decisivo con el Señor resucitado, quien lo transformó en un predicador de la fe que antes había tratado de destruir (Gálatas 1:23). Como seguidor de Cristo, Pablo consideró todo lo de su vida anterior como "pérdida" por conocer a Cristo (Filipenses 3:7-8). Pablo pasó de tener confianza en la carne a tener confianza en Cristo. No se trataba de menospreciarse a sí mismo, sino de que Dios redefiniera dónde debía estar la confianza y la seguridad de Pablo.
No tener confianza en la carne significa renunciar a la justicia propia y caminar según el Espíritu. En Gálatas 5:16-17, Pablo contrasta el vivir según el Espíritu con el vivir según la carne. El Espíritu y la carne se oponen entre sí. Pablo escribe: "Digo, pues: anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro, de manera que ustedes no pueden hacer lo que deseen". Al aconsejar a los creyentes que no confíen en la carne, Pablo nos manda que nos dejemos guiar por el Espíritu, que produce el fruto del amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio (Gálatas 5:22-23).
Además, no confiar en la carne significa recibir la gracia suficiente de Dios. Una vez más, Pablo ilustra esto. En 2 Corintios 12, habla de una espina en su carne y de cómo le enseñó a deleitarse en las debilidades y dificultades por amor a Cristo. La enfermedad física lo llevó a decir: "cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Corintios 12:10). No confiar en la carne, entonces, nos permite depender más de la gracia de Dios. Redirigimos nuestra jactancia para glorificar solo a Cristo.
No confiar en la carne es renunciar a la autosuficiencia y depender únicamente de Dios. Significa volver constantemente al pie de la cruz, reconocer nuestra necesidad de la obra redentora de Cristo y rechazar la tentación de atribuirnos cualquier logro espiritual o moral. También implica reconocer con humildad que todo lo bueno en nuestras vidas se debe a la gracia de Dios y no a nuestra dignidad (Efesios 2:8-9).
No confiar en la carne es depender completamente de Cristo y renunciar a confiar en nuestras propias obras. La verdadera circuncisión es la del corazón, por el Espíritu, no por la ley mosaica (Romanos 2:29). Como creyentes, debemos redefinir nuestras nociones de éxito en términos de su relación con Cristo y Su pueblo. A medida que aprendemos a no confiar en la carne, nos sintonizamos más con el poder santificador del Espíritu Santo, que nos convierte en testigos eficaces del evangelio. Esforcémonos, pues, por entregarnos a Dios, viviendo nuestra fe por el poder del Espíritu.