Pregunta

¿Qué dice la Biblia sobre cómo se debe tratar a las viudas?

Respuesta
Una viuda es una mujer cuyo esposo ha fallecido. A menudo, en las Escrituras, cuando se hace referencia a las viudas, se transmite la imagen de una mujer cuyo esposo ha muerto y que, además, no tiene a nadie que la mantenga. Por ello, las viudas suelen incluirse entre los miembros más vulnerables de la sociedad, junto con los huérfanos, los extranjeros y los pobres (Deuteronomio 14:29; 16:11; 24:20; 26:12). La Biblia enseña que las viudas deben ser tratadas con honor y compasión, y que se les ha de ofrecer protección para que nadie se aproveche de ellas.

En la antigüedad, el principal objetivo de las mujeres en el matrimonio era engendrar hijos y herederos que continuaran con el linaje familiar. Una viuda sin hijos sufría una doble adversidad, pues no tenía un marido que la mantuviera y la protegiera, ni un hijo que perpetuara el apellido familiar y la cuidara en su vejez. Podría haber sido considerada una vergüenza para su familia y quedar en una situación precaria.

Dios reconoce la difícil situación de la viuda y sale en su defensa: "Padre de los huérfanos y defensor de las viudas es Dios en Su santa morada" (Salmo 68:5). Quien negaba justicia a una viuda era maldecido por Dios: "Maldito el que pervierta el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda" (Deuteronomio 27:19). Se establecieron leyes y disposiciones especiales para proteger a las viudas contra el abandono y el abuso.

En época de cosecha, las viudas podían espigar en los campos de cereal y recoger las uvas y aceitunas que quedaban: "Cuando siegues tu cosecha en tu campo y olvides alguna gavilla en el campo, no regresarás a recogerla; será para el extranjero, para el huérfano y para la viuda, para que el Señor tu Dios te bendiga en toda obra de tus manos" (Deuteronomio 24:19).

La principal ley del Antiguo Testamento que protegía a las viudas de la pobreza y los malos tratos era la del levirato. El objetivo de esta ley era garantizar que un hombre que falleciera antes de tener un hijo varón pudiera seguir teniendo un heredero masculino. El hermano soltero del marido de la viuda se casaría con ella y cumpliría con el "deber del levirato". El primer hijo nacido de esa unión era considerado el descendiente legal del difunto, lo que garantizaba la continuidad de su linaje. Este deber se ilustra en las historias de Tamar y Onán y de Rut y Booz (Rut 4).

En el Nuevo Testamento, las viudas también reciben una atención especial. Según Dios, la verdadera piedad consiste en cuidar de las viudas y los huérfanos: "La religión pura y sin mancha delante de nuestro Dios y Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo" (Santiago 1:27). Jesús condenó a los fariseos por su maltrato a las viudas (Marcos 12:40).

Dios siente una profunda compasión por aquellos que se quedan solos, y la Iglesia debe demostrar esa misma compasión. En 1 Timoteo 5, el apóstol Pablo ofrece una descripción detallada de cómo la Iglesia y las familias deben cuidar de las viudas.

Según el apóstol Pablo, una viuda que recibía apoyo económico y material de la Iglesia debía cumplir ciertos requisitos. En primer lugar, la viuda debía encontrarse verdaderamente necesitada y completamente sola en el mundo: "Pero si alguna viuda tiene hijos o nietos, que aprendan estos primero a mostrar piedad para con su propia familia y a recompensar a sus padres, porque esto es agradable delante de Dios" (1 Timoteo 5:4).

Es deber y obligación de las familias cuidar de sus familiares mayores y necesitados. Los hijos y nietos cristianos tienen el privilegio y la oportunidad especiales de poner en práctica su fe devolviendo amor y apoyo a sus padres y abuelos, y especialmente a las viudas que están solas.

En las sociedades occidentales contemporáneas, donde la independencia prevalece sobre los lazos familiares, se ha perdido de vista el valor del propósito divino al crear las familias extensas. Sin embargo, entre el pueblo de Dios, las familias deben ser la principal fuente de apoyo para las viudas.

Pablo prosigue ofreciendo criterios para que una viuda sea considerada digna de recibir el sostenimiento de la Iglesia. Además de no tener a nadie que la cuide, debe ser una mujer de oración, una sierva dedicada al Señor, mayor de sesenta años, fiel a su esposo cuando él vivía y comprometida con buenas obras, como cuidar a los niños, mostrar hospitalidad y servir al pueblo de Dios (1 Timoteo 5:9-10). Para recibir este sostenimiento, las viudas elegibles debían ser inscritas en un registro (v. 11), lo que indica la seriedad y el orden con que la iglesia primitiva administraba esta obra de caridad. La edad mínima de sesenta años se establecía, probablemente, porque en el siglo I esta era considerada la edad de jubilación, y se presumía que tales mujeres ya no se volverían a casar. A las viudas más jóvenes se les exhortaba a contraer nuevas nupcias (v. 14), pues así lo aconsejaba el apóstol Pablo.

Puesto que Dios honra a las viudas y las trata con compasión, los creyentes debemos imitarle: "Aprendan a hacer el bien, busquen la justicia, reprendan al opresor, defiendan al huérfano, aboguen por la viuda" (Isaías 1:17).