Pregunta

¿Cómo somos las primicias de Sus criaturas (Santiago 1:18)?

Respuesta
En una maravillosa presentación de la bondad continua e inmutable de Dios, Santiago dice: "Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación. En el ejercicio de su voluntad, Él nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que fuéramos las primicias de Sus criaturas" (Santiago 1:17-18).

Santiago contrasta el nuevo nacimiento que experimentan los cristianos con lo que se "da a luz" en los versículos anteriores. El deseo da a luz al pecado, y el pecado da a luz a la muerte (Santiago 1:15). Dios, por el contrario, nos da a luz a nosotros, Sus hijos redimidos y santificados. El pecado engendra muerte, pero Dios engendra vida. Y nosotros somos las "primicias de Sus criaturas" (Santiago 1:18).

Ser llamados primicias puede sonar extraño a nuestros oídos, pero para los lectores originales de la epístola de Santiago—creyentes judíos—era profundamente significativo. El público de Santiago estaba familiarizado con la Fiesta de las Primicias (ver Levítico 23:9-14). El tercer día después de la Pascua, el pueblo llevaba una gavilla de grano al sacerdote, quien la mecía ante el Señor. En esa ocasión también se ofrecían un holocausto, una ofrenda y una libación. Las primicias eran una ofrenda de gratitud: la primera parte de la cosecha pertenecía a Dios.

¿De qué manera se considera "primicias" a los creyentes? De dos maneras:

Primicias de la salvación.

Los creyentes del primer siglo fueron las primicias de una cosecha espiritual: fueron los primeros en salvarse y en formar parte de la Iglesia del Nuevo Testamento. Al llamar "primicias" a estos primeros creyentes, Santiago implicaba que vendrían muchos más. A lo largo de los siglos, el evangelio ha alcanzado al mundo entero y multitudes han sido salvas. Se estima que, a finales del siglo I, había menos de diez mil cristianos (Wilken, The First Thousand Years, 2012, p. 65). Para 2015, según el Pew Research Center, había 2.300 millones de personas que se identificaban como cristianas. La cosecha sigue creciendo.

Primicias de la nueva creación.

Los creyentes son nuevas criaturas en Cristo (Efesios 4:24). Cuando Dios nos salva y nos da vida eterna, revierte la maldición del pecado en nuestras vidas. Ese cambio en el creyente es un indicador de un cambio mucho mayor que está por venir, porque un día Dios revertirá la maldición del pecado sobre toda la creación, restaurando la naturaleza a su gloria original:

"Porque el anhelo profundo de la creación es aguardar ansiosamente la revelación de los hijos de Dios… la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción… sabemos que la creación entera gime y sufre hasta ahora dolores de parto. Y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos en nuestro interior, aguardando ansiosamente la adopción como hijos, la redención de nuestro cuerpo"

(Romanos 8:19-23).

En resumen, el Padre, quien derrama continuamente buenos dones, comenzó algo completamente nuevo y maravilloso a través de Su Hijo y Su Espíritu: dio a luz a la Iglesia. La iglesia primitiva, aunque pequeña y despreciada por el mundo, fue la precursora de algo inmensamente mayor: una "cosecha" mundial de personas que siguen al Señor y el inicio de la restauración completa del universo por parte de Dios. En Apocalipsis 21:5, Jesús declara: "Yo hago nuevas todas las cosas". Y comenzó haciéndolo con las primicias de Su pueblo.