Pregunta
¿Por qué se nos advierte: "No sean sabios en su propia opinión" (Romanos 12:16)?
Respuesta
Mientras instruye a los cristianos de Roma sobre cómo convivir en amorosa unidad como miembros de un mismo cuerpo, Pablo escribe: "Tengan el mismo sentir unos con otros. No sean altivos en su pensar, sino condescendiendo con los humildes. No sean sabios en su propia opinión" (Romanos 12:16).
En la parte final del versículo, Pablo advierte a los creyentes que se guarden de las actitudes que socavan la armonía en la iglesia. Menciona específicamente la altivez y la confianza exagerada que nos impiden aceptarnos unos a otros con respeto mutuo. En otras palabras, Pablo dice: "No sean tan orgullosos como para no disfrutar de la compañía de la gente común. ¡Y no piensen que lo saben todo!" (Romanos 12:16, NTV).
En el cuerpo de Cristo no hay lugar para la arrogancia basada en una supuesta superioridad. En esta enseñanza, Pablo profundiza en la sabiduría que se encuentra en Proverbios: "No te consideres sabio; teme al Señor y aléjate del mal" (Proverbios 3:7; véase también Proverbios 12:15). Pablo también repite esta advertencia a los filipenses, instándoles a tener la misma actitud humilde que Jesucristo: "No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie. Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes. No se ocupen solo de sus propios intereses, sino también procuren interesarse en los demás. Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús" (Filipenses 2:3–5, NTV).
Anteriormente en el pasaje, Pablo animaba a la humildad: "Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado" (Romanos 12:3, NTV). Sobrevalorar la propia opinión demuestra una forma peligrosa de ignorancia: "¿Has visto a un hombre que se tiene por sabio? Más esperanza hay para el necio que para él" (Proverbios 26:12).
La advertencia de Pablo sobre no considerarse sabio a uno mismo parece indicar un problema de conflicto interno entre los cristianos de Roma. Sin duda, la iglesia de Roma estaba formada por personas de diversos orígenes raciales y clases sociales: judíos y gentiles, esclavos y libres, ricos y pobres. Estas diferencias llevaron a algunos en la iglesia a menospreciar a otros y tratarlos con desprecio. Por lo tanto, Pablo los exhortó: "Ámense unos a otros con un afecto genuino y deléitense al honrarse mutuamente" (Romanos 12:10, NTV).
Cualquiera que trate a un compañero creyente como inferior debido a su estatus o posición en la vida (o por cualquier motivo) no ha comprendido el significado de ser salvo por la gracia de Dios a través de Jesús. A los ojos de Dios, "todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres. A todos se nos dio a beber del mismo Espíritu" (1 Corintios 12:13). Cada uno de nosotros es parte de un solo organismo en Cristo (Gálatas 3:28), quien nos reconcilió con Dios e hizo la paz entre todos los creyentes "por medio de su muerte en la cruz, y la hostilidad que había entre nosotros quedó destruida" (Efesios 2:15-16, NTV).
"No sean sabios en su propia opinión" nos recuerda que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Todos estamos contaminados e impuros a causa del pecado (Isaías 64:6). Ninguno de nosotros puede atribuirse ninguna justicia por méritos propios (Romanos 3:10–12; Romanos 5:12; Eclesiastés 7:20). Solo por la gracia y la misericordia de Dios en Cristo somos salvos y podemos estar en Su presencia (Efesios 2:8–9). Todos acudimos a Él de la misma manera. Dios no tiene favoritos en Su familia (Romanos 2:11; 4:5).
La Biblia advierte: "No sean sabios en su propia opinión", porque Dios se opone a los orgullosos. El apóstol Pedro instó: "Todos vístanse con humildad en su trato los unos con los otros, porque "Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes"" (1 Pedro 5:5, NTV; ver también Santiago 4:6; cf. Proverbios 3:34). Jesús enseñó a Sus discípulos: "Ustedes saben que los gobernantes de este mundo tratan a su pueblo con prepotencia y los funcionarios hacen alarde de su autoridad frente a los súbditos. Pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser sirviente, y el que quiera ser el primero entre ustedes deberá convertirse en esclavo. Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos" (Mateo 20:25–28, NTV).
Las Escrituras nos llaman, como hermanos y hermanas en Cristo, a no ser sabios en nuestra propia opinión, sino a ser humildes: a arrojar nuestras coronas terrenales a los pies de Jesús y a dedicarnos a servirnos unos a otros con amor.
En la parte final del versículo, Pablo advierte a los creyentes que se guarden de las actitudes que socavan la armonía en la iglesia. Menciona específicamente la altivez y la confianza exagerada que nos impiden aceptarnos unos a otros con respeto mutuo. En otras palabras, Pablo dice: "No sean tan orgullosos como para no disfrutar de la compañía de la gente común. ¡Y no piensen que lo saben todo!" (Romanos 12:16, NTV).
En el cuerpo de Cristo no hay lugar para la arrogancia basada en una supuesta superioridad. En esta enseñanza, Pablo profundiza en la sabiduría que se encuentra en Proverbios: "No te consideres sabio; teme al Señor y aléjate del mal" (Proverbios 3:7; véase también Proverbios 12:15). Pablo también repite esta advertencia a los filipenses, instándoles a tener la misma actitud humilde que Jesucristo: "No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie. Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes. No se ocupen solo de sus propios intereses, sino también procuren interesarse en los demás. Tengan la misma actitud que tuvo Cristo Jesús" (Filipenses 2:3–5, NTV).
Anteriormente en el pasaje, Pablo animaba a la humildad: "Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado" (Romanos 12:3, NTV). Sobrevalorar la propia opinión demuestra una forma peligrosa de ignorancia: "¿Has visto a un hombre que se tiene por sabio? Más esperanza hay para el necio que para él" (Proverbios 26:12).
La advertencia de Pablo sobre no considerarse sabio a uno mismo parece indicar un problema de conflicto interno entre los cristianos de Roma. Sin duda, la iglesia de Roma estaba formada por personas de diversos orígenes raciales y clases sociales: judíos y gentiles, esclavos y libres, ricos y pobres. Estas diferencias llevaron a algunos en la iglesia a menospreciar a otros y tratarlos con desprecio. Por lo tanto, Pablo los exhortó: "Ámense unos a otros con un afecto genuino y deléitense al honrarse mutuamente" (Romanos 12:10, NTV).
Cualquiera que trate a un compañero creyente como inferior debido a su estatus o posición en la vida (o por cualquier motivo) no ha comprendido el significado de ser salvo por la gracia de Dios a través de Jesús. A los ojos de Dios, "todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres. A todos se nos dio a beber del mismo Espíritu" (1 Corintios 12:13). Cada uno de nosotros es parte de un solo organismo en Cristo (Gálatas 3:28), quien nos reconcilió con Dios e hizo la paz entre todos los creyentes "por medio de su muerte en la cruz, y la hostilidad que había entre nosotros quedó destruida" (Efesios 2:15-16, NTV).
"No sean sabios en su propia opinión" nos recuerda que todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Todos estamos contaminados e impuros a causa del pecado (Isaías 64:6). Ninguno de nosotros puede atribuirse ninguna justicia por méritos propios (Romanos 3:10–12; Romanos 5:12; Eclesiastés 7:20). Solo por la gracia y la misericordia de Dios en Cristo somos salvos y podemos estar en Su presencia (Efesios 2:8–9). Todos acudimos a Él de la misma manera. Dios no tiene favoritos en Su familia (Romanos 2:11; 4:5).
La Biblia advierte: "No sean sabios en su propia opinión", porque Dios se opone a los orgullosos. El apóstol Pedro instó: "Todos vístanse con humildad en su trato los unos con los otros, porque "Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes"" (1 Pedro 5:5, NTV; ver también Santiago 4:6; cf. Proverbios 3:34). Jesús enseñó a Sus discípulos: "Ustedes saben que los gobernantes de este mundo tratan a su pueblo con prepotencia y los funcionarios hacen alarde de su autoridad frente a los súbditos. Pero entre ustedes será diferente. El que quiera ser líder entre ustedes deberá ser sirviente, y el que quiera ser el primero entre ustedes deberá convertirse en esclavo. Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos" (Mateo 20:25–28, NTV).
Las Escrituras nos llaman, como hermanos y hermanas en Cristo, a no ser sabios en nuestra propia opinión, sino a ser humildes: a arrojar nuestras coronas terrenales a los pies de Jesús y a dedicarnos a servirnos unos a otros con amor.