Pregunta

¿Qué significa que no fuimos redimidos con cosas perecederas (o corruptibles) (1 Pedro 1:18)?

Respuesta
El apóstol Pedro enfatiza el valor incalculable y la naturaleza permanente de nuestra redención por medio de Jesucristo, afirmando que "no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo" (1 Pedro 1:18–19). Aunque muchas versiones y lectores están familiarizados con el término corruptibles, la NBLA utiliza perecederas, destacando que se trata de cosas que se deterioran, pierden valor y no tienen permanencia eterna.

En el griego original, la palabra traducida como "fueron redimidos" (elytrōthēte) en 1 Pedro 1:18 significa que los creyentes fueron liberados o puestos en libertad mediante el pago de un precio o rescate. Los judíos que formaban parte de la audiencia de Pedro habrían entendido este concepto a la luz de la redención de Israel de la esclavitud en Egipto, reflejada especialmente en la Pascua y en el sistema de sacrificios sustitutorios (ver Éxodo 12; cf. 1 Corintios 5:7). Los gentiles, por su parte, podían comprender la redención como el pago realizado para liberar a un esclavo. La Nueva Traducción Viviente capta bien esta idea al decir: "Dios pagó un rescate para salvarlos de la vida vacía que heredaron de sus antepasados" (1 Pedro 1:18–19, NTV).

Jesús mismo explicó el sentido de este rescate al decir: "Pues ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir a otros y para dar su vida en rescate por muchos" (Mateo 20:28, NTV; ver también 1 Corintios 6:20; Gálatas 3:13; 1 Timoteo 2:6). La muerte de Jesucristo en la cruz pagó el precio necesario para nuestra liberación espiritual de una manera de vivir vacía y sin propósito. Antes de la salvación, éramos esclavos del pecado (2 Pedro 2:19; Tito 3:3), pero Cristo canceló nuestra deuda y nos hizo verdaderamente libres (Juan 8:31–36; Romanos 8:1–2; Colosenses 1:13–14).

Pedro subraya que este rescate no se realizó con cosas perecederas como la plata o el oro, es decir, con cosas sujetas a deterioro y sin valor eterno. En el mundo antiguo, el oro y la plata eran ampliamente usados como medios de intercambio y se consideraban objetos de gran valor, pero su alcance se limitaba a esta vida. No podían garantizar una redención que trascendiera la muerte ni asegurar comunión eterna con Dios.

Un poco más adelante, Pedro reafirma esta verdad al afirmar que los creyentes han nacido de nuevo "no a una vida que pronto se acabará. Su nueva vida durará para siempre porque proviene de la eterna y viviente palabra de Dios" (1 Pedro 1:23). El precio de nuestra redención no puede medirse en términos materiales. Las cosas perecederas desaparecerán, pero los que han nacido de nuevo por el poder de Dios vivirán para siempre (Juan 1:13; 1 Corintios 15:53–54).

Aunque las posesiones terrenales pueden parecer valiosas, son temporales y no tienen poder para salvar el alma. Nuestra redención solo está asegurada por la sangre preciosa de Jesucristo (Salmo 49:7–9, 15). Como sacrificio perfecto y suficiente por el pecado (Hebreos 9:12–14), Su muerte sustitutoria tiene un valor eterno e incomparable.

El mensaje central de 1 Pedro 1 anima a los creyentes a perseverar con fidelidad, sabiendo que "tenemos una herencia que no tiene precio, una herencia que está reservada en el cielo para ustedes, pura y sin mancha, que no puede cambiar ni deteriorarse" (1 Pedro 1:4, NTV). Esta esperanza debe impulsarnos a vivir en santidad y a no volver a una vida vana. Aunque podamos enfrentar sufrimientos, como Cristo los enfrentó (1 Pedro 2:22–24), Dios lo exaltó en gloria (1 Pedro 1:21) y también nos exaltará a nosotros. Hemos sido redimidos con un rescate eterno y eficaz: la sangre de Jesucristo, que nos asegura vida eterna.

Ninguna cantidad de oro o plata puede rescatar a un pecador (Hechos 8:20). Nunca podríamos ser redimidos con cosas perecederas como esas. Pero, por el infinito amor y la gracia de Dios, se nos ha concedido el mayor de los dones: el sacrificio eterno e incorruptible de Su Hijo (Juan 3:16; Romanos 5:8; 2 Corintios 9:15).