Pregunta
¿Qué quiso decir Jesús al llamar al Padre "mi Dios y Dios de ustedes" (Juan 20:17)?
Respuesta
En Juan 20:17, Jesús le dice a María Magdalena: "Suéltame porque todavía no he subido al Padre; pero ve a Mis hermanos, y diles: "Subo a Mi Padre y Padre de ustedes, a Mi Dios y Dios de ustedes"". Puede parecer extraño que Jesús se refiera al Padre como "mi Dios y Dios de ustedes", puesto que Él mismo comparte plenamente la naturaleza divina.
Jesús ordena a María que vaya a ver a Sus "hermanos" (es decir, a los discípulos) y les anuncie la noticia de Su resurrección. Este acto está cargado de implicaciones culturales y teológicas. En una cultura donde a menudo se desestimaba el testimonio de las mujeres, el hecho de que Jesús eligiera a María como la primera testigo de la resurrección es sorprendente. Pero es conocido que Dios elige "lo vil y despreciado del mundo: lo que no es, para anular lo que es" (1 Corintios 1:28).
En el arresto de Jesús, todos los discípulos lo abandonaron (Marcos 14:50). En la crucifixión, solo Juan permaneció (Mateo 26:56). Sin embargo, Jesús todavía se refiere a ellos como Sus hermanos (Juan 20:17). ¡Esto es extraordinario! Jesús tenía razones para negarles el perdón, pero decidió pasar por alto sus fracasos anteriores. Y no solo eso: les da la bienvenida a la familia de Dios (Juan 1:12-13; Gálatas 4:4-7).
Las palabras finales de Juan 20:17 son profundamente significativas, ya que Jesús habla de "Mi Padre y Padre de ustedes" y de "Mi Dios y Dios de ustedes". Esta formulación enfatiza la hermandad que compartimos con el Hijo de Dios encarnado. En Su humanidad, el Hijo podía llamarnos verdaderamente "hermanos". En Su papel de Salvador, podía asegurar que también somos "hijos de Dios" (ver Juan 1:12). El comentarista C. J. Ellicott parafrasea las palabras de Jesús así: "Porque Él es mi Padre, también es vuestro Padre, y vosotros sois mis hermanos".
El hecho de que Jesús llamara al Padre "Mi Dios y Dios de ustedes" también elimina cualquier temor de que Dios hubiese rechazado a Jesús. Había sido tratado como un criminal. En la cruz clamó: "Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mateo 27:46). A simple vista, no parecía ser el Mesías. "Lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido" (Isaías 53:4). Y "se dispuso con los impíos Su sepultura" (Isaías 53:9).
Pero el Padre había prometido "darle parte con los grandes" (Isaías 53:12). La resurrección demostró que esa promesa se cumpliría. Dios no había abandonado a Jesús. No hubo rechazo. Jesús lo podía seguir llamando "mi Padre" y "mi Dios", como declaró a María. La relación entre el Padre y el Hijo continuó ininterrumpida por toda la eternidad. Por gracia mediante la fe, nosotros también hemos sido invitados a esa familia.
Un hecho clave es que la referencia de Jesús a "mi Dios y Dios de ustedes" ocurre después de la resurrección. Jesús pronto sería exaltado y se sentaría a la diestra de Dios (Filipenses 2:9). Pero conservó Su humanidad. En ese sentido, sigue sirviendo al mismo Dios que nosotros; tenemos el mismo Padre. Jesús no dejó Su humanidad al resucitar: Su cuerpo fue glorificado e incorruptible, pero sigue siendo un cuerpo humano. Y nos promete que "transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de Su gloria" (Filipenses 3:21).
La mención de la ascensión de Jesús añade seguridad a los discípulos (Juan 20:17). Él es el Señor que ha vencido el pecado y la muerte. Le dice a María que volverá al cielo corporalmente. Jesús es ahora el representante perfecto de la humanidad en la presencia de Dios. Él posee la vida eterna y declara: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás" (Juan 11:25-26; cf. Juan 14:2-3).
Jesús ordena a María que vaya a ver a Sus "hermanos" (es decir, a los discípulos) y les anuncie la noticia de Su resurrección. Este acto está cargado de implicaciones culturales y teológicas. En una cultura donde a menudo se desestimaba el testimonio de las mujeres, el hecho de que Jesús eligiera a María como la primera testigo de la resurrección es sorprendente. Pero es conocido que Dios elige "lo vil y despreciado del mundo: lo que no es, para anular lo que es" (1 Corintios 1:28).
En el arresto de Jesús, todos los discípulos lo abandonaron (Marcos 14:50). En la crucifixión, solo Juan permaneció (Mateo 26:56). Sin embargo, Jesús todavía se refiere a ellos como Sus hermanos (Juan 20:17). ¡Esto es extraordinario! Jesús tenía razones para negarles el perdón, pero decidió pasar por alto sus fracasos anteriores. Y no solo eso: les da la bienvenida a la familia de Dios (Juan 1:12-13; Gálatas 4:4-7).
Las palabras finales de Juan 20:17 son profundamente significativas, ya que Jesús habla de "Mi Padre y Padre de ustedes" y de "Mi Dios y Dios de ustedes". Esta formulación enfatiza la hermandad que compartimos con el Hijo de Dios encarnado. En Su humanidad, el Hijo podía llamarnos verdaderamente "hermanos". En Su papel de Salvador, podía asegurar que también somos "hijos de Dios" (ver Juan 1:12). El comentarista C. J. Ellicott parafrasea las palabras de Jesús así: "Porque Él es mi Padre, también es vuestro Padre, y vosotros sois mis hermanos".
El hecho de que Jesús llamara al Padre "Mi Dios y Dios de ustedes" también elimina cualquier temor de que Dios hubiese rechazado a Jesús. Había sido tratado como un criminal. En la cruz clamó: "Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mateo 27:46). A simple vista, no parecía ser el Mesías. "Lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido" (Isaías 53:4). Y "se dispuso con los impíos Su sepultura" (Isaías 53:9).
Pero el Padre había prometido "darle parte con los grandes" (Isaías 53:12). La resurrección demostró que esa promesa se cumpliría. Dios no había abandonado a Jesús. No hubo rechazo. Jesús lo podía seguir llamando "mi Padre" y "mi Dios", como declaró a María. La relación entre el Padre y el Hijo continuó ininterrumpida por toda la eternidad. Por gracia mediante la fe, nosotros también hemos sido invitados a esa familia.
Un hecho clave es que la referencia de Jesús a "mi Dios y Dios de ustedes" ocurre después de la resurrección. Jesús pronto sería exaltado y se sentaría a la diestra de Dios (Filipenses 2:9). Pero conservó Su humanidad. En ese sentido, sigue sirviendo al mismo Dios que nosotros; tenemos el mismo Padre. Jesús no dejó Su humanidad al resucitar: Su cuerpo fue glorificado e incorruptible, pero sigue siendo un cuerpo humano. Y nos promete que "transformará el cuerpo de nuestro estado de humillación en conformidad al cuerpo de Su gloria" (Filipenses 3:21).
La mención de la ascensión de Jesús añade seguridad a los discípulos (Juan 20:17). Él es el Señor que ha vencido el pecado y la muerte. Le dice a María que volverá al cielo corporalmente. Jesús es ahora el representante perfecto de la humanidad en la presencia de Dios. Él posee la vida eterna y declara: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá, y todo el que vive y cree en Mí, no morirá jamás" (Juan 11:25-26; cf. Juan 14:2-3).