Pregunta
¿Qué significa que las lenguas son una señal para los incrédulos (1 Corintios 14:22)?
Respuesta
En su primera carta a los corintios, el apóstol Pablo afirma que el hablar en lenguas era "una señal, no para los que creen, sino para los incrédulos" (1 Corintios 14:22). Esto indica que las lenguas—hablar en un idioma que el hablante nunca aprendió—servían para llamar la atención de quienes no seguían a Jesucristo. De manera específica, funcionaban como una señal de juicio. Pablo explica que la dureza de corazón de los incrédulos reflejaba su separación de Dios, de forma muy similar a la respuesta de Israel en tiempos de Isaías.
"En la ley está escrito: "Por hombres de lenguas extrañas y por boca de extraños hablaré a este pueblo, y ni aun así me escucharán", dice el Señor" (1 Corintios 14:21; cf. Isaías 28:11-12).
Pablo advierte a los corintios contra el uso inapropiado de las lenguas en la reunión de la iglesia. La congregación de creyentes no necesita una señal destinada a los incrédulos. En lugar de edificar, una expresión caótica del don de lenguas solo produciría confusión y reforzaría la incredulidad (1 Corintios 14:20, 23). Por ello, Pablo exhorta a la iglesia a madurar en su manera de pensar, entendiendo que el don de lenguas no fue dado para la autoglorificación, sino que tenía un propósito específico como señal dirigida a quienes no creen.
Hablar en lenguas era, desde luego, un don de Dios y, por tanto, una bendición, aun cuando funcionaba simultáneamente como una señal de juicio para los incrédulos. Este tipo de doble función tiene precedentes claros en la Escritura. El diluvio, por ejemplo, fue un medio de salvación para Noé y su familia, mientras que al mismo tiempo representó juicio para los impíos. De igual modo, el Día del Señor, aún futuro, tendrá un doble significado: será un día de salvación para los creyentes, pero de temor y juicio para los incrédulos (Joel 2:31–32; Malaquías 4:1–2; 1 Tesalonicenses 5:2–3; 2 Pedro 3:10–12).
El día de Pentecostés proporciona un ejemplo clave de cómo las lenguas funcionaban como señal. En esa ocasión trascendental, los seguidores de Jesús fueron bautizados con el Espíritu Santo, y "todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse" (Hechos 2:4). Cuando se reunió la multitud, muchos quedaron asombrados al escuchar a los discípulos hablar en idiomas que claramente no podían haber aprendido (Hechos 2:5–12). Pedro explicó lo que estaba ocurriendo citando una profecía que incluía tanto promesa como advertencia de juicio:
""Y sucederá en los últimos días", dice Dios,
Que derramaré de Mi Espíritu sobre toda carne;
Y sus hijos y sus hijas profetizarán,
Sus jóvenes verán visiones,
Y sus ancianos soñarán sueños;
Y aun sobre Mis siervos y sobre Mis siervas
Derramaré de Mi Espíritu en esos días,
Y profetizarán.
Y mostraré prodigios arriba en el cielo
Y señales abajo en la tierra:
Sangre, fuego y columna de humo.
El sol se convertirá en tinieblas
Y la luna en sangre,
Antes que venga el día grande y glorioso del Señor.
"Y sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo"" (Hechos 2:17-21; cf. Joel 2:28-32).
La multitud judía en Jerusalén recibió un mensaje claro: el juicio se acercaba y las lenguas eran una señal de advertencia. La venida del Espíritu Santo marcaba el inicio de la última etapa del plan redentor de Dios, cumpliendo Sus promesas. Era el momento de arrepentirse y volverse al Señor Jesucristo. Hoy, como entonces, el llamado sigue siendo el mismo: hoy es el día de salvación.
"En la ley está escrito: "Por hombres de lenguas extrañas y por boca de extraños hablaré a este pueblo, y ni aun así me escucharán", dice el Señor" (1 Corintios 14:21; cf. Isaías 28:11-12).
Pablo advierte a los corintios contra el uso inapropiado de las lenguas en la reunión de la iglesia. La congregación de creyentes no necesita una señal destinada a los incrédulos. En lugar de edificar, una expresión caótica del don de lenguas solo produciría confusión y reforzaría la incredulidad (1 Corintios 14:20, 23). Por ello, Pablo exhorta a la iglesia a madurar en su manera de pensar, entendiendo que el don de lenguas no fue dado para la autoglorificación, sino que tenía un propósito específico como señal dirigida a quienes no creen.
Hablar en lenguas era, desde luego, un don de Dios y, por tanto, una bendición, aun cuando funcionaba simultáneamente como una señal de juicio para los incrédulos. Este tipo de doble función tiene precedentes claros en la Escritura. El diluvio, por ejemplo, fue un medio de salvación para Noé y su familia, mientras que al mismo tiempo representó juicio para los impíos. De igual modo, el Día del Señor, aún futuro, tendrá un doble significado: será un día de salvación para los creyentes, pero de temor y juicio para los incrédulos (Joel 2:31–32; Malaquías 4:1–2; 1 Tesalonicenses 5:2–3; 2 Pedro 3:10–12).
El día de Pentecostés proporciona un ejemplo clave de cómo las lenguas funcionaban como señal. En esa ocasión trascendental, los seguidores de Jesús fueron bautizados con el Espíritu Santo, y "todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba habilidad para expresarse" (Hechos 2:4). Cuando se reunió la multitud, muchos quedaron asombrados al escuchar a los discípulos hablar en idiomas que claramente no podían haber aprendido (Hechos 2:5–12). Pedro explicó lo que estaba ocurriendo citando una profecía que incluía tanto promesa como advertencia de juicio:
""Y sucederá en los últimos días", dice Dios,
Que derramaré de Mi Espíritu sobre toda carne;
Y sus hijos y sus hijas profetizarán,
Sus jóvenes verán visiones,
Y sus ancianos soñarán sueños;
Y aun sobre Mis siervos y sobre Mis siervas
Derramaré de Mi Espíritu en esos días,
Y profetizarán.
Y mostraré prodigios arriba en el cielo
Y señales abajo en la tierra:
Sangre, fuego y columna de humo.
El sol se convertirá en tinieblas
Y la luna en sangre,
Antes que venga el día grande y glorioso del Señor.
"Y sucederá que todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo"" (Hechos 2:17-21; cf. Joel 2:28-32).
La multitud judía en Jerusalén recibió un mensaje claro: el juicio se acercaba y las lenguas eran una señal de advertencia. La venida del Espíritu Santo marcaba el inicio de la última etapa del plan redentor de Dios, cumpliendo Sus promesas. Era el momento de arrepentirse y volverse al Señor Jesucristo. Hoy, como entonces, el llamado sigue siendo el mismo: hoy es el día de salvación.