Pregunta
¿Qué significa que es Dios quien justifica (Romanos 8:33)?
Respuesta
En Romanos 8:28–39, el apóstol Pablo enfatiza nuestra posición segura como creyentes. Como un abogado, Pablo presenta su argumento respondiendo a una serie de preguntas. Cada respuesta refuerza su afirmación de que Dios está de nuestro lado y nada puede frustrar Sus propósitos para nosotros. Por medio de Jesucristo, somos más que vencedores. Finalmente, salimos victoriosos. La segunda serie de preguntas se encuentra en los versículos 33–34: "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros".
En estos dos versículos, Pablo trata la posición legal del creyente ante Dios. El verbo griego dikaióō, traducido como "justifica", es un término legal que significa "pronunciar un veredicto de inocencia; absolver, vindicar o declarar justo". En lugar de recibir condena por nuestros pecados, Dios nos declara "justos". Somos justificados no por nuestra propia justicia ni por obras (Romanos 3:20–21, 24–26; Gálatas 2:15–16, 21). Somos declarados justos sobre la base de la fe en el sacrificio y la resurrección de Jesucristo. Debido a que Su muerte en la cruz satisfizo completamente los requisitos de la ley, Dios declara justos, inocentes y aceptos a quienes creen (Romanos 8:3–4).
El tercer canto del Siervo en Isaías pudo haber inspirado esta parte del argumento de Pablo. En ese canto, el siervo de Dios confía, aun en momentos de persecución, tortura y burla, en que Dios lo sostendrá y lo mantendrá seguro:
"El que me hace justicia está cerca.
Ahora, ¿quién se atreverá a presentar cargos en mi contra?
¿Dónde están mis acusadores?
¡Que se presenten!
Miren, el Señor Soberano está de mi lado.
¿Quién me declarará culpable?
Todos mis enemigos serán destruidos" (Isaías 50:8–9, NTV).
Es Dios quien justifica al creyente: "Ustedes estaban muertos a causa de sus pecados y porque aún no les habían quitado la naturaleza pecaminosa. Entonces Dios les dio vida con Cristo al perdonar todos nuestros pecados. Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz" (Colosenses 2:13–14). Lo único que importa es la decisión de Dios. Solo Dios es nuestro juez. Nadie puede acusarnos porque Dios nos ha escogido (Romanos 8:29–30). Y nadie puede condenarnos, porque Jesucristo murió para salvarnos y nos pertenece (Romanos 8:1–2). Es Dios quien justifica, y nadie puede revocar Su veredicto.
Muchos siervos de Dios—José, Daniel, Juan el Bautista, Pablo, Silas y Pedro—fueron acusados injustamente por autoridades humanas. Pero esas acusaciones no tuvieron efecto en el tribunal de Dios. Todos los días, Satanás lanza acusaciones contra el pueblo de Dios (Apocalipsis 12:10). Pero, al final, "somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó" (Romanos 8:37). Jesús nos asegura: "Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo" (Juan 16:33).
Es Dios quien nos justifica. Él es el único que nos coloca en una relación correcta con Él: "Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él" (2 Corintios 5:21, NTV; ver también 1 Corintios 1:30). Damos gloria a Dios porque "Él nos da la victoria sobre el pecado y la muerte por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 15:57, NTV). Ningún arma forjada contra los hijos de Dios prosperará (Isaías 54:17). Ninguna acusación de Satanás tiene poder para condenarnos (Zacarías 3:1–5). Y aun cuando pecamos, Jesucristo es nuestro abogado, quien intercede por nosotros ante el Padre (1 Juan 2:1). Podemos acercarnos a Él para recibir misericordia y gracia cuando más lo necesitamos (Hebreos 4:14–16).
En estos dos versículos, Pablo trata la posición legal del creyente ante Dios. El verbo griego dikaióō, traducido como "justifica", es un término legal que significa "pronunciar un veredicto de inocencia; absolver, vindicar o declarar justo". En lugar de recibir condena por nuestros pecados, Dios nos declara "justos". Somos justificados no por nuestra propia justicia ni por obras (Romanos 3:20–21, 24–26; Gálatas 2:15–16, 21). Somos declarados justos sobre la base de la fe en el sacrificio y la resurrección de Jesucristo. Debido a que Su muerte en la cruz satisfizo completamente los requisitos de la ley, Dios declara justos, inocentes y aceptos a quienes creen (Romanos 8:3–4).
El tercer canto del Siervo en Isaías pudo haber inspirado esta parte del argumento de Pablo. En ese canto, el siervo de Dios confía, aun en momentos de persecución, tortura y burla, en que Dios lo sostendrá y lo mantendrá seguro:
"El que me hace justicia está cerca.
Ahora, ¿quién se atreverá a presentar cargos en mi contra?
¿Dónde están mis acusadores?
¡Que se presenten!
Miren, el Señor Soberano está de mi lado.
¿Quién me declarará culpable?
Todos mis enemigos serán destruidos" (Isaías 50:8–9, NTV).
Es Dios quien justifica al creyente: "Ustedes estaban muertos a causa de sus pecados y porque aún no les habían quitado la naturaleza pecaminosa. Entonces Dios les dio vida con Cristo al perdonar todos nuestros pecados. Él anuló el acta con los cargos que había contra nosotros y la eliminó clavándola en la cruz" (Colosenses 2:13–14). Lo único que importa es la decisión de Dios. Solo Dios es nuestro juez. Nadie puede acusarnos porque Dios nos ha escogido (Romanos 8:29–30). Y nadie puede condenarnos, porque Jesucristo murió para salvarnos y nos pertenece (Romanos 8:1–2). Es Dios quien justifica, y nadie puede revocar Su veredicto.
Muchos siervos de Dios—José, Daniel, Juan el Bautista, Pablo, Silas y Pedro—fueron acusados injustamente por autoridades humanas. Pero esas acusaciones no tuvieron efecto en el tribunal de Dios. Todos los días, Satanás lanza acusaciones contra el pueblo de Dios (Apocalipsis 12:10). Pero, al final, "somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó" (Romanos 8:37). Jesús nos asegura: "Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo" (Juan 16:33).
Es Dios quien nos justifica. Él es el único que nos coloca en una relación correcta con Él: "Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él" (2 Corintios 5:21, NTV; ver también 1 Corintios 1:30). Damos gloria a Dios porque "Él nos da la victoria sobre el pecado y la muerte por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 15:57, NTV). Ningún arma forjada contra los hijos de Dios prosperará (Isaías 54:17). Ninguna acusación de Satanás tiene poder para condenarnos (Zacarías 3:1–5). Y aun cuando pecamos, Jesucristo es nuestro abogado, quien intercede por nosotros ante el Padre (1 Juan 2:1). Podemos acercarnos a Él para recibir misericordia y gracia cuando más lo necesitamos (Hebreos 4:14–16).