Pregunta

¿De qué afirma el apóstol Pablo que podemos estar seguros en 2 Corintios 5:8?

Respuesta
En 2 Corintios 5:1–8, el apóstol Pablo expresa confianza y valor respecto a la esperanza futura de los creyentes tras la muerte. Escribe: "Pues sabemos que, cuando […] muramos y dejemos este cuerpo terrenal […] tendremos una casa en el cielo, un cuerpo eterno hecho para nosotros por Dios mismo […] Dios mismo nos ha preparado para esto, y como garantía nos ha dado su Espíritu Santo. Así que siempre vivimos en plena confianza, aunque sabemos que mientras vivamos en este cuerpo no estamos en el hogar celestial con el Señor... Sí, estamos plenamente confiados, y preferiríamos estar fuera de este cuerpo terrenal porque entonces estaríamos en el hogar celestial con el Señor" (2 Corintios 5:1–2, 5–6, 8, NTV).

Pablo expresa una fe firme en la promesa de la vida eterna y la comunión con Dios por toda la eternidad después de que dejemos esta vida terrenal. Basa su confianza en la garantía de la presencia del Espíritu Santo (2 Corintios 5:5; véase también 2 Corintios 1:22; Romanos 8:23).

Con el deseo de que mantengamos nuestra atención totalmente centrada en la realidad futura de nuestra experiencia celestial permanente tras el regreso de Cristo, Pablo nos asegura dos verdades ciertas:

En primer lugar, podemos estar seguros de que, tras nuestra muerte, llegaremos a tener cuerpos resucitados y eternos. Debido a que pertenecemos a Jesús, ya somos (en un sentido espiritual) ciudadanos del cielo, donde Cristo vive ahora. Después de que Cristo regrese, "tomará nuestro débil cuerpo mortal y lo transformará en un cuerpo glorioso, igual al de él" (Filipenses 3:20–21, NTV; véase también 1 Tesalonicenses 4:13–18).

La segunda verdad de la que podemos estar seguros es que, después de morir, viviremos para siempre en la presencia del Señor (véase Filipenses 1:23). Pablo explica que, antes de morir, "vivimos por lo que creemos y no por lo que vemos" (2 Corintios 5:7, NTV). En otras palabras, vivimos por fe hasta que morimos (Romanos 1:17; Gálatas 2:20; Hebreos 11:1). Pero, una vez que un creyente muere y entra en el cielo, esa persona se encuentra en la presencia de Cristo. Nuestra fe se convierte en visión. Vemos a Jesús tal como Él es en realidad (1 Juan 3:2; Mateo 5:8). Pablo lo explicó así: "Ahora vemos todo de manera imperfecta, como reflejos desconcertantes, pero luego veremos todo con perfecta claridad. Todo lo que ahora [conocemos] es parcial e incompleto, pero luego [conoceremos] todo por completo, tal como Dios ya [nos] conoce a [nosotros] completamente" (1 Corintios 13:12, NTV).

Cuando Lázaro yacía muerto y enterrado en el sepulcro, Jesús instó a Marta, la hermana de Lázaro, a tener confianza en la esperanza de la vida eterna. Él le dijo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá aun después de haber muerto. Todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá. ¿Lo crees, Marta?" (Juan 11:25–26, NTV). El rey David tenía esta confianza y oraba al Padre celestial: "Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del Señor moraré por largos días" (Salmo 23:6).

Al apóstol Juan se le permitió vislumbrar la futura experiencia celestial de los creyentes. Él escribe: "Oí una fuerte voz que salía del trono y decía: ¡Miren, el hogar de Dios ahora está entre su pueblo! Él vivirá con ellos, y ellos serán su pueblo. Dios mismo estará con ellos. Él les secará toda lágrima de los ojos, y no habrá más muerte ni tristeza ni llanto ni dolor. Todas esas cosas ya no existirán más" (Apocalipsis 21:3–4, NTV).

Como cristianos, podemos estar plenamente seguros de que la muerte física nos llevará a la presencia del Señor para siempre. Si mantenemos nuestra mirada fija en Jesús y en las glorias futuras del cielo, tal como lo hicieron Pablo y otros discípulos de los primeros tiempos, no tendremos que vivir con temor al sufrimiento, las pruebas o los peligros de esta vida (véase Romanos 8:18; 1 Pedro 5:10; Santiago 1:2–4; 2 Corintios 4:17–18; Filipenses 3:7–8; Colosenses 3:1–2). Por el contrario, estaremos dispuestos a perder nuestras vidas con el fin de ganar a Cristo y la vida eterna con Él (véase Mateo 16:24–25; Juan 12:25; Gálatas 2:20; Filipenses 1:21).