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Pregunta: "¿Qué significa que las buenas obras son el resultado de la salvación?"

Respuesta:
Efesios 2:8-9 aclara que no nos salvamos por buenas obras. De hecho, antes de ser salvos, nuestras obras se hacen en la carne y no pueden agradar a Dios; incluso nuestras obras más "justas" están muy lejos de la gloria de Dios (véase Romanos 3:20 e Isaías 64:6). Podemos ser salvos sólo porque Dios es misericordioso y bondadoso y ha previsto una manera para que seamos declarados justos cuando no lo somos (Salmo 86:5; Efesios 2:4). Cuando Jesús se hizo pecado por nosotros (2 Corintios 5:21), heredamos Su justicia. La salvación es un intercambio divino: nuestros trapos andrajosos del propio esfuerzo por la perfección de Cristo. Ya que Su muerte y resurrección pagaron el precio por nuestras malas acciones, podemos ser declarados perfectos ante Dios (Romanos 5:1). En Romanos 13:14 se nos dice: "vestíos del Señor Jesucristo" al igual que una prenda de vestir impecable.

En la salvación, el Espíritu Santo se mueve en un corazón arrepentido (Hechos 2:38). El "Yo" ya no es el señor indiscutible de nuestras vidas. Jesús es ahora el jefe. Eso es lo que significa decir que Jesús es "Señor" (Romanos 10:9; Colosenses 2:6). Todo ha cambiado. Empezamos a ver la vida desde la perspectiva de Dios, no desde la nuestra, así como escribió John Newton, "Una vez estuve perdido, pero ahora he sido encontrado, estaba ciego, pero ahora veo".

Los pecados que una vez cometimos involuntariamente, producen ahora una convicción. Conocer a Dios es ver el pecado como Él lo ve: "Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios" (1 Juan 3:9). En otras palabras, el creyente observará una disminución de pecado en su vida. Los creyentes podrían seguir pecando, pero no continuarán practicando el pecado como una forma de vida. Habrá una diferencia entre la antigua vida sin Cristo y la nueva vida en Cristo. El cristiano nacido de nuevo produce "frutos dignos de arrepentimiento" (Mateo 3:8). La salvación nos permite vivir "en el Espíritu" y así poder hacer buenas obras (Gálatas 5:16).

Efesios 2:10 dice, "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas". El objetivo de Dios al salvarnos no era sólo rescatarnos del infierno, sino también que reflejáramos Su carácter y bondad en el mundo. Dios se complace al ver que nos parecemos más a Su Hijo (Romanos 8:29). Fuimos creados a la imagen de Dios (Génesis 1:26-27). El pecado estropeó esa imagen. Cuando Dios nos compró para sí mismo, fue para restaurar Su imagen en nosotros y liberarnos para convertirnos en todo lo que fuimos creados para ser. Cuando el Espíritu Santo viene a vivir dentro de nosotros, nos mueve a hacer cosas que glorifican a Dios (Juan 14:26). Nuestro deseo de agradar a Dios crece a medida que lo comprendemos. Ese deseo de complacer a Dios resulta en buenas obras.

Es bíblicamente inconsistente decir que alguien se ha salvado, pero no ha cambiado. Muchas personas experimentan las emociones externas de dar sus vidas a Cristo, pero no hay ningún cambio en su estilo de vida. Esa no es una salvación real, sino una fe "muerta" (Santiago 2:26). Cuando entras en un cuarto oscuro y enciendes la luz, esperas que el cuarto se ilumine. Si no aparece ninguna luz, se asume correctamente que algo está mal. Sería lógicamente inconsistente decir que la luz está encendida cuando la habitación todavía está muy oscura. La luz naturalmente disipa la oscuridad. Cuando un corazón oscuro recibe la luz de la salvación, se ilumina (Juan 12:46). Las prioridades cambian. Los deseos cambian. Las perspectivas cambian. La vida se ve claramente por primera vez. Si la oscuridad del pecado continúa, podemos asumir con toda razón que no se encendió ninguna luz.

Para usar otra analogía bíblica, Dios quiere producir fruto en nuestras vidas (ver Gálatas 5:22-23). Él es el viñador, Jesús es la vid, y nosotros somos los pámpanos. Los pámpanos están naturalmente unidos a la vid; de la vid obtienen su sustento, su habilidad para producir fruto, y su misma vida. Jesús dijo: "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto" (Juan 15:5). Ese es el propósito de la viña: producir "mucho fruto". Las buenas obras siguen a la salvación.

Así que, aunque no podemos ser salvos por nuestras buenas obras, cuando somos salvos, produciremos buenas obras. Del mismo modo que un bebé va creciendo después de nacer, un creyente también lo hará después de un nuevo nacimiento. Crecemos a ritmos y de formas diferentes, pero un nacimiento vivo resulta en crecimiento. Si un bebé nunca crece, hay algo que está muy mal. Nadie espera que un bebé siga siendo un bebé para siempre. A medida que crece, el niño comienza a parecerse más y más a sus padres. De la misma manera, después de la salvación, crecemos, y empezamos a parecernos más y más a nuestro Padre Celestial. Esto sólo es posible cuando "permanecemos en Él" y le permitimos reproducir Su carácter en nosotros (Juan 15:4).

Las buenas obras no producen salvación. Las buenas obras son el producto de la salvación. Jesús dijo a sus seguidores: "Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos" (Mateo 5:16).