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Pregunta: "¿Qué son los atalayas en la Biblia?"

Respuesta:
En la Biblia, los atalayas eran guardias encargados de proteger las ciudades y las instalaciones militares de los ataques sorpresivos del enemigo y otros peligros potenciales. Las antiguas ciudades israelitas usualmente colocaban atalayas en los muros altos o en las fortalezas. Su trabajo consistía en vigilar y advertir a los habitantes de la ciudad de posibles amenazas.

La palabra hebrea traducida como "atalaya" significa "el que mira", "el que espía" o "el que vigila". En ocasiones, los atalayas eran exploradores que vigilaban tanto a los amigos como a los enemigos que se acercaban.

En la Biblia hay muchas referencias de atalayas que estaban atentos a las amenazas físicas: "Y el atalaya que estaba en la torre de Jezreel vio la tropa de Jehú que venía, y dijo: Veo una tropa. Y Joram dijo: Ordena a un jinete que vaya a reconocerlos, y les diga: ¿Hay paz?". (2 Reyes 9:17).

Los atalayas protegían los campos y los viñedos durante la época de la cosecha (Isaías 5:1-2; Mateo 21:33; Marcos 12:1) y actuaban como centinelas que anunciaban el comienzo de un nuevo día (Salmo 130:6; Isaías 21:11-12).

La Biblia también se refiere a los atalayas en un sentido espiritual. Dios designó a los profetas como atalayas espirituales de las almas de Su pueblo: "A ti, pues, hijo de hombre, te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte" (Ezequiel 33:7; ver también Oseas 9:8).

El trabajo de los profetas como atalayas era instar al pueblo de Dios a vivir con fidelidad y advertirle de los peligros que implicaba alejarse del Señor y hacer el mal. Como atalayas, los profetas también estaban llamados a advertir a los malvados del juicio y la destrucción que les sobrevendría si no se apartaban de sus malos caminos.

Los atalayas espirituales de Israel tenían una gran responsabilidad ante el Señor. Si un profeta no advertía a los demás como Dios le había encomendado, su propia vida corría peligro, y se le haría responsable del pecado del pueblo: "Hijo de hombre, habla a los hijos de tu pueblo, y diles: Cuando trajere yo espada sobre la tierra, y el pueblo de la tierra tomare un hombre de su territorio y lo pusiere por atalaya, y él viere venir la espada sobre la tierra, y tocare trompeta y avisare al pueblo, cualquiera que oyere el sonido de la trompeta y no se apercibiere, y viniendo la espada lo hiriere, su sangre será sobre su cabeza. El sonido de la trompeta oyó, y no se apercibió; su sangre será sobre él; mas el que se apercibiere librará su vida. Pero si el atalaya viere venir la espada y no tocare la trompeta, y el pueblo no se apercibiere, y viniendo la espada, hiriere de él a alguno, este fue tomado por causa de su pecado, pero demandaré su sangre de mano del atalaya" (Ezequiel 33:2-6).

Un atalaya ciego o desobediente a la Palabra del Señor dejaba al pueblo que estaba llamado a proteger expuesto al peligro y al sufrimiento (Isaías 56:10). La obediencia es el único curso de acción para un verdadero atalaya: "Y si tú avisares al impío de su camino para que se aparte de él, y él no se apartare de su camino, él morirá por su pecado, pero tú libraste tu vida" (Ezequiel 33:9).

El papel del atalaya espiritual continúa en el Nuevo Testamento con los líderes de la iglesia: "Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso" (Hebreos 13:17).

Por otra parte, Dios llama no sólo a los líderes, sino a todos los cristianos a ser atalayas. Jesús dijo a Sus discípulos: "Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil" (Marcos 14:38). Todos debemos estar listos y esperar el regreso del Señor: "Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles. Y aunque venga a la segunda vigilia, y aunque venga a la tercera vigilia, si los hallare así, bienaventurados son aquellos siervos. Pero sabed esto, que si supiese el padre de familia a qué hora el ladrón había de venir, velaría ciertamente, y no dejaría minar su casa. Vosotros, pues, también, estad preparados, porque a la hora que no penséis, el Hijo del Hombre vendrá" (Lucas 12:35-40).



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