Pregunta
¿Qué significa "llamamiento santo" (2 Timoteo 1:9)?
Respuesta
En 2 Timoteo 1:9, el apóstol Pablo escribe que Dios "nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según Su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad". Somos pecadores por naturaleza, pero la maravillosa verdad es que Dios salva a los creyentes del pecado y los llama a un "llamamiento santo". El propósito de Dios para nosotros es mucho más elevado que el nuestro.
Pablo escribió una segunda carta a Timoteo desde una prisión en Roma. En esta carta, Pablo anima a Timoteo a ser valiente y fuerte a pesar del sufrimiento y la oposición. Pablo escribe: "No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero Suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios" (2 Timoteo 1:8). La fe en el evangelio de Cristo salva a los pecadores de la condenación eterna y hace que tengan "un llamamiento santo".
La frase llamamiento santo transmite la idea de ser apartado por Dios para un propósito sagrado. Somos "llamados a ser santos" (Romanos 1:7; cf. 1 Corintios 1:2). Como se afirma en Efesios 2:10, Dios quiere utilizar a los creyentes para Su gloria: "Somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas". La santidad no es el resultado de nuestras obras, sino "según Su propósito y según la gracia" (2 Timoteo 1:9). Así pues, la santidad es una iniciativa soberana de Dios y no un logro humano. La conexión entre el llamado, el propósito y la gracia de Dios es fundamental para caminar "de una manera digna de la vocación con que han sido llamados" (Efesios 4:1).
Nuestro llamamiento santo es inseparable del propósito eterno de Dios, que Él estableció "en Cristo Jesús desde la eternidad" (2 Timoteo 1:9). Dios "nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él" (Efesios 1:4). El plan redentor de Dios desde la eternidad pasada ha incluido la creación de un pueblo Suyo "celoso de buenas obras" (Tito 2:14). Cuando Dios llama a los pecadores hacia Sí, cambia su identidad y les da una nueva naturaleza. En 1 Pedro 1:15, el apóstol escribe: "Como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir". La santidad no es opcional; es un requisito. Es parte de nuestro llamado como hijos de Dios.
Dios nos capacita para cumplir nuestro llamamiento santo: "Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia" (2 Pedro 1:3). Dios proporciona la gracia necesaria para caminar en "justicia y santidad de la verdad" (Efesios 4:24). Los que han recibido el llamamiento santo, es decir, todos los creyentes, viven en obediencia a Dios. Si amamos a Jesús, guardaremos Sus mandamientos (Juan 14:15). Pablo instruye a los creyentes: "Presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes" (Romanos 12:1). La búsqueda de la santidad es una realidad cotidiana para todos los que han sido lavados en la sangre de Cristo. Los creyentes deben estar dispuestos a sufrir por el Evangelio. Pablo sufrió mucho, pero permaneció fiel a Aquel que lo llamó a cumplir un llamamiento santo (2 Timoteo 1:9). Compartimos los sufrimientos de Cristo, sabiendo que la gracia salvadora de Dios nos sostendrá.
Pablo escribió una segunda carta a Timoteo desde una prisión en Roma. En esta carta, Pablo anima a Timoteo a ser valiente y fuerte a pesar del sufrimiento y la oposición. Pablo escribe: "No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero Suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios" (2 Timoteo 1:8). La fe en el evangelio de Cristo salva a los pecadores de la condenación eterna y hace que tengan "un llamamiento santo".
La frase llamamiento santo transmite la idea de ser apartado por Dios para un propósito sagrado. Somos "llamados a ser santos" (Romanos 1:7; cf. 1 Corintios 1:2). Como se afirma en Efesios 2:10, Dios quiere utilizar a los creyentes para Su gloria: "Somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas". La santidad no es el resultado de nuestras obras, sino "según Su propósito y según la gracia" (2 Timoteo 1:9). Así pues, la santidad es una iniciativa soberana de Dios y no un logro humano. La conexión entre el llamado, el propósito y la gracia de Dios es fundamental para caminar "de una manera digna de la vocación con que han sido llamados" (Efesios 4:1).
Nuestro llamamiento santo es inseparable del propósito eterno de Dios, que Él estableció "en Cristo Jesús desde la eternidad" (2 Timoteo 1:9). Dios "nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él" (Efesios 1:4). El plan redentor de Dios desde la eternidad pasada ha incluido la creación de un pueblo Suyo "celoso de buenas obras" (Tito 2:14). Cuando Dios llama a los pecadores hacia Sí, cambia su identidad y les da una nueva naturaleza. En 1 Pedro 1:15, el apóstol escribe: "Como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir". La santidad no es opcional; es un requisito. Es parte de nuestro llamado como hijos de Dios.
Dios nos capacita para cumplir nuestro llamamiento santo: "Su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Aquel que nos llamó por Su gloria y excelencia" (2 Pedro 1:3). Dios proporciona la gracia necesaria para caminar en "justicia y santidad de la verdad" (Efesios 4:24). Los que han recibido el llamamiento santo, es decir, todos los creyentes, viven en obediencia a Dios. Si amamos a Jesús, guardaremos Sus mandamientos (Juan 14:15). Pablo instruye a los creyentes: "Presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes" (Romanos 12:1). La búsqueda de la santidad es una realidad cotidiana para todos los que han sido lavados en la sangre de Cristo. Los creyentes deben estar dispuestos a sufrir por el Evangelio. Pablo sufrió mucho, pero permaneció fiel a Aquel que lo llamó a cumplir un llamamiento santo (2 Timoteo 1:9). Compartimos los sufrimientos de Cristo, sabiendo que la gracia salvadora de Dios nos sostendrá.