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Pregunta: "¿Cuál es el significado de impureza en la Biblia?"

Respuesta:
La impureza es la condición de estar contaminado en cierto sentido. La palabra impureza también se puede referir más bien a la contaminación en sí: una sustancia no deseada que hace que algo sea impuro. Los conceptos de pureza e impureza son importantes en la presentación bíblica de la santidad.

Bajo los rituales de la ley del Antiguo Testamento, a menudo los israelitas se enfrentaban a las ideas de pureza e impureza ritual o ceremonial. Muchas cosas podían hacer que un israelita fuera ritualmente impuro: por ejemplo, la menstruación, el parto, las emisiones nocturnas, tocar un cadáver y ciertos tipos de enfermedades de la piel. Comer un alimento impuro hacía que una persona fuera impura (ver Hechos 10:14). La impureza podía transmitirse a los demás de forma ceremonial: cualquier contacto personal con alguien impuro hacía que la persona se volviera impura. Había muchas maneras de volverse impuro, así que todo israelita, tanto hombre como mujer, estaba seguro de pasar al menos un tiempo en un estado de impureza ceremonial.

Cuando alguien se encontraba en un estado de impureza ceremonial y era declarado impuro, era separado de la comunidad y no se le permitía adorar en el templo durante el período de impureza o inmundicia (Números 5:1-4). Sin embargo, la ley de Dios ofrecía un camino para restaurar la pureza. El proceso de purificación dependía del grado de impureza y contemplaba desde el lavado físico hasta el ofrecimiento de un sacrificio animal para expiar la impureza. La insistencia de la ley en la pureza y su cuarentena de la impureza recalcaba el hecho de que Dios esperaba la santidad de Su pueblo. Él había elegido a Israel para tener una relación especial con Él. Dios es santo, y requiere la santidad del pueblo que lo sigue. "Un poco de levadura leuda toda la masa" (Gálatas 5:9); un poco de impureza impide que haya integridad; un poco de pecado destruye la santidad.

En la Biblia, la impureza ceremonial puede ilustrar la impureza moral. Un ejemplo claro de esto es la lepra, una de las enfermedades de la piel que convertía a una persona en impura o inmunda ceremonialmente. Como no había cura para la lepra, la persona que la contraía quedaba impura para siempre. Los leprosos eran marginados de por vida. No se les permitía relacionarse con otros debido a lo contagioso de su enfermedad; no podían vivir con sus familias ni adorar en el templo o trabajar en puestos de trabajo. Su impureza era tan grave que, si se encontraban en una zona pública, debían identificarse gritando: "¡Inmundo! para que los demás se alejaran y evitaran cualquier contacto con ellos (Levítico 13:45). Los leprosos tenían que mendigar, confiando en la misericordia de los demás para que les dieran comida y para cubrir otras necesidades diarias. La impureza de la lepra es como el pecado, en el sentido de que nos aísla de nuestras comunidades, nos separa de Dios y finalmente nos lleva a la muerte. Es por eso que la forma en que Jesús se acercó a los leprosos marginados de su época fue tan sorprendente. No se apartó de ellos, no se quitó de en medio, y no retrocedió con horror o desprecio; extendió Su mano y los tocó. Y en vez de que la lepra de ellos hiciera impuro a Jesús, Su santidad sobrepasó su impureza y los limpió (Mateo 8:1-4; Lucas 17:11-16). El poder de Jesús es tal que puede librarnos de toda impureza: física, moral y espiritual.

Cuando pensamos en la impureza, a menudo pensamos en el pecado sexual. La inmoralidad sexual ciertamente está incluida en la idea bíblica de impureza, pero es mucho más que eso. La impureza realmente incluye todo tipo de pecado y abarca cualquier actividad, pensamiento, palabra o acción que no se ajuste a la voluntad de Dios para nuestras vidas. "Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación" (1 Tesalonicenses 4:7).

La Biblia enseña que por defecto la impureza es el estado de los seres humanos, después de la caída. Todos nacemos como pecadores impuros (Salmo 51:5; Romanos 3:23), y debemos ser limpios si queremos ver a Dios. Sólo Dios es perfecto; todos hemos sido contaminados por la impureza del pecado. El más mínimo pecado sigue siendo un contaminante letal en nuestras almas, y esto es una mala noticia para nosotros: "Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro...tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios" (Efesios 5:5; cf. Apocalipsis 21:27). Así como los leprosos, todos necesitamos desesperadamente que la misericordia y la gracia de Dios nos alcancen y nos limpien de las impurezas que nos contaminan. Necesitamos el toque de Jesús y el don de Su justicia (1 Corintios 1:30). "Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad" (Salmo 32:2).

La gloria del evangelio es que Dios puede hacer puro lo impuro, y limpio lo inmundo. Para nuestro gozo eterno, Dios desea hacer precisamente eso, por amor a Cristo: "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9).

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